Lagunas, bosques, aves y huemules conviven con huellas de pueblos originarios y relatos históricos en este rincón del noroeste neuquino que celebra un nuevo aniversario.

En el noroeste neuquino, donde la estepa patagónica se desdibuja en los pliegues de la cordillera y los vientos parecen llevar mensajes antiguos, se extiende el Área Natural Protegida Epu Lauquen. Son 7.450 hectáreas de belleza agreste: un mosaico de lagunas, bosques de lenga y ñire, pastizales altos y paredones de piedra que se elevan como guardianes milenarios.

Para llegar, hay que recorrer 45 kilómetros desde Las Ovejas por las rutas provinciales 43 y 45. El camino, serpenteante entre coirones y mallines, se vuelve cada vez más íntimo y majestuoso. Epu Lauquen —que en mapuzungun significa “dos lagunas”— es un lugar que no se visita: se habita por un rato.

Hoy, 4 de octubre, este rincón remoto celebra 52 años de su creación como área protegida, reafirmando su valor como refugio natural, histórico y cultural único en Neuquén.

Epu Lauquen se alza donde convergen dos grandes regiones biogeográficas: la estepa altoandina y la patagónica. En la primera, las plantas se achaparran para resistir el viento y la nieve; en la segunda, los pastizales dorados de coirones se mecen como mares en movimiento.

Entre ambos paisajes florecen especies únicas, como la huala, el radalillo, la mariposita y la puya, que salpican el verde con destellos inesperados. Sobrevolando el área, más de 150 especies de aves anidan y migran cada temporada: el Huet Huet castaño golpea la tierra con su canto, el cóndor andino planea inmenso sobre los paredones, y bandurrias, biguáes y macáes custodian las orillas.

Entre los mamíferos, zorros colorados, tunducos y pumas dejan huellas discretas, mientras el huemul, el ciervo nativo en peligro crítico de extinción, representa uno de los tesoros biológicos más valiosos del área. En las lagunas Superior e Inferior nadan peces nativos como el pejerrey patagónico, el puyen chico y la perca, guardianes silenciosos del agua fría.

Huellas humanas, huellas profundas

Mucho antes de ser área protegida, Epu Lauquen fue territorio de pueblos originarios. Petroglifos grabados en la piedra dan testimonio de su paso y su vínculo espiritual con el paisaje.

Décadas más tarde, la región fue escenario de un episodio singular: entre 1820 y 1832, la zona albergó a los Pincheira, una familia de bandoleros realistas que resistió la independencia hasta su última batalla, librada entre las dos lagunas el 14 de enero de 1832. Las rocas y los espejos de agua fueron testigos mudos de aquel choque entre dos épocas.

Epu Lauquen es, en ese sentido, un palimpsesto, donde se superponen capas de historia natural y humana que resuenan como un eco largo y persistente.

Guardaparques: custodios del silencio activo

Tres personas conocen Epu Lauquen como pocos: Emmanuel, Nehuen y Wenceslao, los guardaparques que día a día custodian su equilibrio.

Un nuevo aniversario siempre es una alegría inmensa —dice Emmanuel—. Ya sabemos la importancia biológica y cultural de Epu. Es una fecha que todos los que amamos la naturaleza conmemoramos con alegría y respeto.”

Wenceslao comenzó hace 20 años, cuando ser guardaparque era una tarea silenciosa y muchas veces poco comprendida. “Fue un desafío enorme, una lucha por cambiar paradigmas”, recuerda.

Nehuen y Emmanuel se incorporaron una década después, con el deseo de volver a Neuquén y aportar conocimiento al cuidado del área. Su trabajo combina monitoreo, control, educación ambiental y una gran dosis de observación paciente.

Es un trabajo silencioso pero fundamental —explican—. Somos quienes estamos en el campo, registrando datos que luego sirven a biólogos y científicos para tomar decisiones.”