En un siglo plagado de regímenes totalitarios, el de Iósif Stalin en la Unión Soviética destaca por su duración y omnipresencia. Como pocas veces, la violencia se institucionalizó a gran escala por más de dos décadas, afectando todos los ámbitos de la política y sociedad. Pero, ¿cómo un hombre nacido en la periferia del imperio ruso se convirtió en uno de los más poderosos de su tiempo? ¿Qué hizo para construir un régimen que sometió por completo al país más extenso del mundo?
Los inicios
Ioseb Vissariónovich Dzhugashvili nació en Gori, Georgia, a finales de 1878. Fue el cuarto hijo de Beso Dzhugashvili y Ekaterina Geladze, y el único en superar los cinco años de edad. Además de la tragedia, el entorno familiar estaba marcado por la pobreza y la violencia. Beso era un zapatero alcohólico que le propinaba brutales palizas a su esposa e hijo. Ekaterina, aunque exigente y rigurosa, adulaba de forma extrema a su único niño.

Desde pequeño, Ioseb sufrió problemas de salud. Tenía la cara marcada por la viruela, y un accidente le había dejado el brazo izquierdo tullido. Su madre anhelaba que fuese cura, por lo que lo inscribió en el Seminario Teológico de Tiflis. Sin embargo, la disciplina religiosa alimentó la rebeldía del joven, quien comenzó a acercarse de manera clandestina al marxismo. Rápidamente fue perdiendo la fe cristiana, y terminó siendo expulsado de la escuela en 1899. Sin otro camino a la vista, se metió de lleno en la militancia revolucionaria.
A principios del siglo XX, se unió a los bolcheviques liderados por Vladimir Lenin, cuyo objetivo era derrumbar el sistema imperante en Rusia para instaurar el comunismo.

A partir de ahí, Ioseb tomó la costumbre de utilizar apodos. Primero usó “Koba”, al que luego cambiaría por “Stalin” (hombre de acero en ruso). En la clandestinidad se destacó por su determinación y capacidad de acción. Participó de huelgas y robos a mano armada. Varias veces sería arrestado y desterrado a Siberia. Aquellos años, además de darle experiencia, fueron endureciendo aún más su personalidad. Con la revolución de 1917 y el comienzo de la guerra civil, su participación en el movimiento cobró mayor relevancia. Fue enviado a Tsaritsin, donde expuso otras de sus facetas, como la violencia y el constante uso de la fuerza bruta.
Con la victoria en la guerra y el establecimiento de la Unión Soviética en 1922, fue designado como Secretario General del Partido Comunista. Desde ese lugar, empezó a construir una red clientelar controlando nombramientos, tejiendo lealtades y colocando a hombres propios en lugares decisivos. Así se convirtió en una de las personas más poderosas del nuevo Estado soviético. Su influencia asustó a un moribundo Lenin quien, en su testamento político, pidió que se lo remueva del cargo por considerarlo peligroso. El líder bolchevique moriría por un infarto cerebral en 1924, y para su desgracia, su deseo final no se cumpliría.
Con Lenin muerto, el principal candidato a la sucesión era León Trotsky, intelectual brillante, héroe de la Guerra Civil, y una de las principales cabezas de la revolución. Era todo lo opuesto a lo que representaba Stalin, ya que venía de una familia terrateniente, era irascible y explosivo, y con creencias muy firmes. Su gran problema es que, pese a la influencia que tenía en las bases, la cúpula del partido lo despreciaba. Además, su pasado en el Ejército Rojo asustaba a varios miembros, que temían que se convirtiera en un tirano sanguinario.

Como era de esperar, la relación con Stalin era pésima y, con la muerte de Lenin, la interna entre ambos escaló hasta convertirse en un enfrentamiento abierto donde ambos se denigraban mutuamente. Detrás de los planes ideológicos, estaban los proyectos personales de cada uno. El georgiano, con mayor talento político y flexibilidad ideológica, supo capitalizar el rechazo que generaba Trotsky, construyendo sucesivas alianzas que fueron aislando a su contrincante hasta dejarlo marginado. Finalmente, este último fue expulsado del partido y, posteriormente, desterrado de la Unión Soviética.
Pero, a medida que Stalin iba escalando hacia la cúspide, se acentuó uno de sus principales rasgos: la paranoia. Veía amenazas por todas partes, y desconfiaba prácticamente de cualquier persona. Especialmente de sus colaboradores más estrechos, a quienes solía utilizar para vencer al adversario de turno pero, cumplido ese objetivo, se deshacía de ellos. Ese fue el modus operandi que usó para consolidar su poder, el cual poco a poco se fue convirtiendo en absoluto.
Para 1929, ya había sofocado a toda la disidencia interna, y era el líder indiscutido de la Unión Soviética. Aquel niño marginal de Gori se había convertido en el hombre más poderoso de su país.
El apogeo
Desde la cima del poder, Stalin convirtió la violencia en una forma de gobierno, creando un Estado donde el terror y la fuerza bruta eran los principales mecanismos de resolución de conflictos. Esto se empezó a notar cuando el régimen buscó cambiar radicalmente la economía del país, principalmente rural y agrícola, en una industrial. Así se dieron los primeros intentos de colectivización y planes quinquenales, que buscaron explotar los recursos del campo para destinarlos a las nuevas industrias urbanas. Esta política, llevada a cabo con la ayuda de grupos de choque, provocó más de 10 millones de muertes, entre hambrunas, ejecuciones y deportaciones.

Mientras tanto, en el Kremlin, su paranoia crecía sin parar. En 1932 había sufrido una desgracia personal cuando su esposa se suicidó, incrementando sus temores y aislamiento político. El asesinato de Serguei Kirov -un importante funcionario blochevique- en 1934, sería el punto de quiebre para dar inicio a un periodo de purgas al interior del partido. En los años siguientes, varios miembros fueron enjuiciados y ejecutados, sin importar su cargo o prestigio previo. A otros se los envió a los Gulags, la versión soviética de los campos de concentración. Entre las víctimas se incluyeron miles de oficiales del Ejército Rojo y de la Policía Secreta, quienes antes habían sido verdugos. Aunque estaba exiliado en México, Trotsky tampoco se salvó, y fue asesinado en 1940. Se calcula que en este periodo conocido como “El gran terror”, se ordenaron más de 700.000 ejecuciones.
Para 1941, la vieja guardia del partido había desaparecido, y los pocos que podían rivalizar con Stalin, estaban muertos, presos o exiliados. Para legitimar su poder frente a la sociedad, puso en marcha la maquinaria propagandística que lo engrandeció a niveles religiosos. Todos en la Unión Soviética debían, no sólo obedecer, sino adorar su figura. No había lugar donde su rostro no apareciera, ni ámbitos que quedaran por fuera de su estricta supervisión. Desde el cine, hasta la literatura y las ciencias, todo estaba al servicio de su régimen. A su vez, reescribió la historia para acomodarla a su favor. Lenin fue endiosado como el padre fundador de la patria, mientras que Stalin era presentado como su único sucesor legítimo.

Sin embargo, en junio de 1941 sucedió algo que cambió por completo al régimen, y al mundo en general. No se trató de un hecho interno, sino externo. La segunda guerra mundial, que llevaba casi dos años asolando a Europa, finalmente llegó a la Unión Soviética cuando Adolf Hitler invadió su territorio en la llamada “Operación Barbarroja». Para Stalin fue un golpe durísimo, más teniendo en cuenta que tiempo atrás había pactado con el líder nazi para no agredirse mutuamente y repartirse Europa oriental.
Pese al shock y a la parálisis inicial, el régimen respondió al ataque con una combinación de represión extrema, disciplina militar y pragmatismo político. Lo primero que hizo Stalin fue dictar una orden que declaraba traidor a cualquier soldado que cayera en manos de los nazis. En el plano discursivo, abandonó temporalmente la retórica comunista y apeló al patriotismo ruso.


El primer año de guerra fue sumamente difícil. El Ejército Rojo era precario, sus oficiales más experimentados habían sido purgados durante El Gran Terror, y el país se encontraba en una mala situación económica. Tan sólo en los primeros seis meses de conflicto, los soviéticos perdieron más de 2.500.000 de soldados, sumados a otros millones que habían caído prisioneros del enemigo.
Lo delicado de la situación, hizo que las órdenes de Stalin se fueran radicalizando. Particularmente recordada fue la consigna de “Ni un paso atrás”, que movilizó unidades de bloqueo preparadas para disparar contra los propios soldados que retrocediesen en el frente de batalla. También tomó la decisión de quemar tierras, aldeas y granjas para evitar que el enemigo aprovechara sus recursos.
En noviembre del 41’, el ejército de Hitler estaba en las cercanías de Moscú, y la derrota parecía inminente. Pero cuando los nazis intentaron entrar en la capital, la resistencia soviética los frenó y los obligó a retroceder durante el invierno. Al verano siguiente, en lugar de insistir sobre Moscú, Hitler lanzó una ofensiva hacia el sur en busca del petróleo del Cáucaso, lo que llevó a ambos ejércitos a chocar en Stalingrado. Aquella batalla, donde murieron aproximadamente dos millones de personas, torció el rumbo de una guerra que parecía sentenciada. La victoria soviética envalentonó a las tropas de Stalin, que comenzaron a recuperar posiciones frente a unos alemanes cada vez más desgastados por los múltiples frentes que habían abierto. Los soviéticos tomaron la delantera, y avanzaron por la región oriental del continente. A finales de abril de 1945, entraron en Berlín, provocando la caída del Tercer Reich y el fin de la guerra en Europa.

La victoria consolidó a Stalin como un líder global, y a la Unión Soviética como la gran superpotencia junto con Estados Unidos. Después de la guerra, su poder internacional creció mucho. Durante las conferencias de Yalta y Potsdam en 1945, acordó con los líderes de las otras potencias vencedoras las bases del nuevo orden mundial.

También impuso numerosos regímenes satélites en Europa del Este, expandiendo su zona de influencia por fuera de sus fronteras. Además, en 1949 se convirtió en el único país, junto con Estados Unidos, en tener armas nucleares. Un año después, firmó junto al nuevo líder chino, Mao Zedong, un tratado de amistad y asistencia mutua. Además, envió técnicos y maquinaria para apoyar la industrialización china.
Así comenzaba la Guerra Fría, con un Stalin más fuerte que nunca.
El declive
A pesar de los grandes cambios internacionales, el sistema interno siguió como siempre. Se mantuvo el terror, la vigilancia y la propaganda, más purgas sacudieron a la política soviética, y nuevamente Stalin perseguiría a muchos de sus nuevos colaboradores. Los Gulags continuaron operando, al punto que en los años de posguerra llegaron a tener aproximadamente 5 millones de personas encerradas.
El georgiano había eliminado la mayoría de amenazas, pero hubo una de la cual no pudo salvarse: su salud. Con más de 70 años, le aparecieron numerosas patologías que lo deterioraron rápidamente. Mientras empeoraba, sus allegados quedaron paralizados por el miedo. Nadie se animaba a tomar una decisión, sea asistiéndolo o discutiendo la sucesión, por miedo a ser malinterpretado como un traidor. Debido a ello, y también a que muchos doctores habían sido purgados, la asistencia al líder fue lenta e ineficaz. Finalmente, murió el 5 de marzo de 1953 con 74 años, por culpa de una hemorragia cerebral que había sufrido días antes.

El legado
Fiel al sistema que había construido, sus últimos días estuvieron rodeados de soledad, silencio y temor por parte de sus colaboradores. Su sucesor en el cargo, Nikita Jrushchov, denunció los crímenes del estalinismo, comenzando una etapa de cambios en el régimen. La Unión Soviética vivió hasta su colapso en 1991.
En la actualidad, Stalin es recordado como uno de los dictadores más brutales de la historia, siendo uno de los grandes ejemplos al hablar de gobernantes crueles y sanguinarios. Fue un hombre con una vida muy difícil, que arrancó sin nada, y consiguió ser de los más poderosos del mundo. Pero en ese camino hacia la cima, se llevó puesto a millones de personas y dejó un legado oscuro para la historia de la humanidad.
Autor: Juan Cruz Tonelli
Fuentes
Robert Conquest (1968): “El gran terror”
Oleg Khlevniuk (2015): «Stalin: New Biography of a Dictator«
Ian Kershaw (2022): “Personalidad y poder; capítulo 4”
Simon Sebag Montefiore (2022): “La corte del Zar rojo”
Alfredo Serra/Infobae (2018): “La guerra sin cuartel de Stalin y Trotsky: el terror como arma política” (link)

