Hace seis años, lo que hoy es Malaki, Estudio de Danzas, era un garage. No tenía piso, no tenía espejos, no tenía nada parecido a un lugar donde la danza pudiera ocurrir. Débora Prescher, Deby para todos, lo fue transformando de a poco: primero la cerámica del piso, después un espejo, luego la pintura, el baño, las puertas. Hoy las paredes son lilas, hay luces por todos lados y un cuadro hermoso. Deby tiene 41 años, es directora del estudio y es no vidente. Y eso, lejos de ser el centro de su historia, es apenas el contexto de algo mucho más grande.
Ubicado en Antonio Cetrangolo 631, en Villa Tesei, Hurlingham, Malaki nació en 2020 de la manera más humilde posible: una vecina le pidió a Deby que le diera clases de danza a su hija. Empezaron en el comedor de su casa. Después se sumaron tres amigas de la nena, luego cuatro adolescentes, y el garage dejó de ser un garage para convertirse en un espacio que hoy ofrece clases de danza árabe, cultura y ritmología. Próximamente se incorporarán nuevas disciplinas: Jazz, Tango, Folklore y Urbano, entre otras.
Una vida con la danza adentro
Deby se enamoró de la danza árabe a los 14 años. En su familia todos bailan folklore, pero ella eligió ese otro ritmo y no lo soltó más. Se recibió de bailarina profesional, actuó en teatros y participó en encuentros internacionales. La danza era su mundo cuando, acercándose a los 30, su visión empezó a deteriorarse de manera definitiva.
Desde los 6 años convivía con la artritis reumatoide juvenil, una enfermedad que le había generado cataratas y problemas severos de visión desde la infancia. Operada de cataratas a los 7 y a los 9 años, fue en esa segunda intervención cuando los médicos descubrieron algo más complejo en su ojo derecho. Después de mucha investigación llegó el diagnóstico: una uveítis asociada a la artritis reumatoide juvenil, una combinación tan poco frecuente que, según recuerda Deby, los propios médicos no podían creerlo. Perdió la visión de ese ojo. Aun así, siguió adelante: trabajó, estudió, bailó. Siempre con tratamientos, siempre en movimiento.
Durante años, el ojo izquierdo le permitió seguir viviendo con normalidad, aunque con controles permanentes e inyecciones de corticoides cada seis meses para frenar la inflamación. Hasta que un 9 de septiembre entró al quirófano para una de esas inyecciones de rutina y algo salió mal. Las retinas se desprendieron por completo. Operaron, hicieron lo que pudieron. El 7 de enero siguiente le confirmaron lo que ya temía: no iba a poder ver más.
«Fue una noticia horrible, estuve muy mal», recuerda. Pero agrega algo que dice mucho de ella: «Me duró un mes y medio». No quería estar acostada ni que la ayudaran. Se golpeaba, se lastimaba intentando prender la cocina o tender la cama, cosas que antes hacía sin pensar. Aprendió, a los golpes y con una determinación feroz, a vivir de otra manera. «Dije: de ésta tengo que salir».
Y salió. Un año después de perder la vista retomó la danza. Tenía las ganas y desde entonces no la paró nadie. La vida, como ella misma dice, le dio revancha: pudo participar en aquel encuentro internacional para el que había estado preparando una coreografía justo cuando perdió la visión. Fue en ese encuentro donde conoció a Solange Sisro, Sol, quien hoy es su compañera de baile, amiga entrañable y profesora en Malaki.

«Yo no la ayudo, bailo con ella»
Sol tiene 39 años y una manera muy precisa de describir lo que comparte con Deby: «Yo no bailo con ella porque la ayudo, sino que comparto la danza con ella». Hace siete años que bailan juntas y, según ella, se conocen de pies a cabeza.
Fue Sol quien estuvo presente cuando Deby necesitó apoyo para tomar seminarios, siendo literalmente sus ojos en algunos de ellos. Pero siempre con un límite claro que las define a las dos: «Siempre le dije que no la quería agarrar de la mano para que entre al escenario, sino que ella sola iba a poder hacerlo porque sabía que podía». En las coreografías, buscan que Deby se sienta libre.
«Ella siente la música de una manera que no puedo explicar con palabras», dice Sol. Y en esa frase está, quizás, el corazón de todo lo que Malaki propone.

Sentir en lugar de ver
Deby sube a escenarios, cuenta los pasos para no caerse, se concentra en todo. Dice que exponerse fue un desafío, que antes no era de mostrarse tanto, pero que ya lo aceptó. Entre sus logros más grandes menciona haber bailado en Tierra Santa -donde por dos años consecutivos recibieron aplausos de un público muy cálido- y, sobre todo, tener su escuela y sus alumnos. «Lo logré gracias al esfuerzo, la constancia y las ganas. Esta vida la voy a volver a elegir porque la disfruto».
Desde ese lugar, Deby tiene un mensaje para dar y lo sabe. «Tal vez puedo mostrar herramientas para que las bailarinas puedan escuchar en vez de estar pendientes del vestuario. Me gustaría que empiecen a conectar con los ojos cerrados». No lo dice desde la soberbia sino desde la convicción de alguien que encontró en la danza algo que va más allá de lo técnico. «La danza para mí es mi cable a tierra», define. Y proyecta:
«Lo que me gustaría algún día es que todos me conozcan y poder llevar este mensaje de que todo se puede en la vida y que no necesitamos los ojos para bailar. Solo sentir».

Un lugar donde no hay límites
En Malaki Estudio de Danzas no hay requisito de edad ni de experiencia previa: el estudio abre sus puertas a cualquiera que tenga ganas, desde los más chicos hasta quienes llegan en la tercera edad. El vínculo que Deby construye con sus alumnos es cercano y afectuoso: «Me siento como una madrina para ellas. Se abre la puerta y se encienden mis días».
Sol, que además de dar clases se ocupa de la producción de shows, edición de música, diseño gráfico y contenido digital, destaca que lo que une al grupo va más allá de la danza: «Lo principal de la escuela es que compartimos los valores: la alegría, el respeto, el compañerismo. Si alguien no puede pagar los trajes, hacemos rifas; nos prestamos las cosas; si a una compañera no le sale algo, la ayudamos entre todas». También ofrecen cursos de cultura e historia árabe, abiertos incluso a quienes no bailan.
Los shows tienen una impronta particular: cuentan una historia de principio a fin, con voces en off, actuación y humor. «Desde la historia de un pueblo fantasma en el desierto y una maldición de un Khalifa, hasta un grupo de bailarinas medievales que viajan accidentalmente en el tiempo a la actualidad», describe Sol entre risas. Entretenimiento, emoción y danza árabe en un mismo paquete.
Para quienes quieran sumarse, la invitación es abierta. «No importan las edades ni la experiencia», dice Deby. «El único requisito es tener ganas de aprender y de disfrutar esta hermosa danza».
Osvaldo Brandán: el músico que también creyó
Diario Confluencia también se contactó con el reconocido músico y percusionista Osvaldo Brandán, a quien Deby mencionó con respeto y admiración. Su testimonio agrega una dimensión más a esta historia.
Brandán recuerda que la conoció en sus inicios, cuando Deby bailaba con Amir Thaleb. Tiempo después, al publicitar sus cursos de ritmología por Internet, Deby se anotó y le aclaró desde el primer momento que era no vidente. «La quiero mucho, la verdad», dice el músico sin rodeos. Lo que siguió fue un desafío inédito para él: enseñarle a tocar el derbake -instrumento de percusión árabe- a una persona no vidente, y encima a través de una pantalla. «Era una cosa de locos», admite. Pero ella le dijo que iba a poder aprender, y eso fue suficiente. Brandán se fue preparando clase a clase, guiándole la mano a la distancia, adaptando su metodología a algo que nunca antes había hecho. Y Deby progresó. «A ella se le desarrolló el oído y la percepción del sonido más que a otros», recuerda.
Fue también Brandán quien gestionó para que Deby pudiera bailar en Tierra Santa. «La vi bailar y no podía creerlo. Le dije que la tenía que llevar. Era como un milagro», relata. Dicho y hecho: la llamaron, fue, y los aplausos hablaron solos.
La danza como mensaje
Hay algo que Deby repite de distintas maneras a lo largo de la charla y que termina siendo la columna vertebral de todo: la danza no se ve, se siente. Lo dice quien mejor puede saberlo. Quien perdió la visión y aun así subió a los escenarios, armó una escuela desde un garage, formó un equipo, construyó una comunidad y hoy enseña a otros a cerrar los ojos y dejarse llevar por la música. Su historia invita a preguntarnos cuántas veces nosotros, que vemos perfectamente, dejamos de mirar lo esencial. Deby no necesita los ojos para transmitir emoción, pasión y belleza. Necesita, como dice ella misma, solo sentir. Y eso, en el fondo, es lo único que cualquiera de nosotros necesita para vivir plenamente lo que ama.
