(Foto) Cecilia Rodríguez

Hay un momentono siempre visible, ni fácil de nombrar– en el que hablar deja de ser suficiente. No porque falten palabras, sino porque algo más profundo empieza a pedir lugar. Lejos de los títulos, los escenarios y la exposición que marcaron gran parte de su trayectoria, la conversación se despliega en otro registro. Más íntimo, más reflexivo. En este encuentro con la Redacción, Cecilia Rodríguez no vuelve sobre su historia para enumerarla, sino para comprenderla desde el presente: un momento donde todo parece ordenarse desde un lugar distinto, más silencioso, pero también más honesto. Desde ahí, cada respuesta no buscó explicar, sino acercarse a algo más esencial.

Nacida en la provincia de Buenos Aires y radicada en Neuquén desde 1987, construyó una trayectoria extensa en radio, televisión y publicidad, con más de dos décadas al aire y seis premios Martín Fierro que reconocen su recorrido. Pero más allá de ese camino visible, su formación (que cruza la comunicación con el desarrollo humano, la filosofía espiritual, el teatro, la música y el yoga) fue delineando una mirada propia, más integral y sensible sobre la palabra.

Hoy, desde su espacio Cecilia Rodríguez Oratoria y Comunicación, acompaña a personas en procesos de entrenamiento en oratoria y media training, en propuestas sostenidas en el tiempo donde la técnica se encuentra con algo menos tangible: la presencia.

(Foto) Cuenta de Instagram: Cecilia Rodríguez Oratoria
Entrenamientos en Oratoria y Media Training.

Es desde ese presente, más enfocado en transmitir que en exponerse, es que se abre a esta conversación.

Desde el inicio, Rodríguez elige una idea que no suele aparecer en los relatos urgentes: la «síntesis«. Habla de un momento en el que, después de años de hacer, buscar y probar, «todo empieza a ordenarse desde otro lugar”. Ya no desde la exigencia de lo que debería ser, sino desde la posibilidad de habitar, con mayor profundidad, lo que es.

Me animo a decir que estoy en un momento de “Síntesis”, eso podría ser. Creo que esa es la palabra. Porque después de mucho tiempo, de muchos años de buscar, de probar, de hacer una cosa, de hacer otra… de “hacer mucho”, siento que todo se ordena desde otro lugar. Eso es, si. Y tal vez, en este momento no estoy corriendo tanto o no estoy corriendo, entre comillas, detrás de “lo que debería ser”. Sino siento que estoy, con mayor profundidad, habitando lo que realmente soy. Y la verdad es que eso es totalmente distinto.

En ese corrimiento aparece también otra forma de ritmo y una conexión con una presencia que, aunque más silenciosa, se vuelve –según sus propias palabras– “más poderosa”.

Y en ese movimiento surge algo más: una dimensión de retribución, como si todo lo aprendido, lo recibido de maestros, compañeros y experiencias, encontrara ahora un cauce natural en el acto de devolverlo a otros.

Entiendo que en ese lugar de síntesis, también estoy en un lugar de “retribuir”. Retribuir todo lo que amorosamente la vida me dio, todo lo que aprendí… de maestros; de los compañeros de trabajo; del estudio… Es como retribuir, volver a dar, entregar a otros. Va por ahí.

¿Qué significa realmente reinventarse cuando ya se ha recorrido tanto? 

Durante mucho tiempo, Cecilia pensó que implicaba empezar de cero, pero con los años esa idea fue decantando en otra comprensión. Hoy lo describe como “un proceso interno, silencioso, que nace de la valentía de escuchar aquello que incomoda”. No como un gesto grandilocuente, sino como una práctica cotidiana: «dejar de traicionarse en lo pequeño», expresa.

Recuerda con claridad ese proceso que comenzó a insinuarse años antes de tomar forma concreta, esa incomodidad que crecía hasta volverse imposible de ignorar. Hasta que en 2012 tomó una decisión que marcó un quiebre: salir del aire. «Dejar de hablar». No por rechazo a la palabra, según explica, sino por la necesidad de encontrarse con el silencio. Y es ahí donde comienza el verdadero cambio: «en la capacidad de escucharse sin mentirse».

Yo pensaba que “reinventarse” era empezar de cero. Y la verdad es que hoy entiendo que no, que no es así. No. Es… como “algo que decanta” ¿viste? Y llega a ese punto, en un momento. Mi capacidad de reinvención, creo que es resultado, o nace de la valentía que tengo. Soy una persona valiente, si. Con coraje. Y tal vez, cada vez que yo cambié algo, -porque yo fui haciendo distintas cosas-, en realidad, lo que hice es escuchar ; o “atravesar esa incomodidad” que, por ahí, al principio era imperceptible o sutil, pero que, si yo ignoraba eso, cada vez se volvía más fuerte. Cada vez me dejaba menos vivir. 

En este contexto, sostiene que «el camino de la transformación, o el camino de la reinvención, es muy transformador”. Y añade: “arranca por adentro y después se ordena todo lo de afuera. Como dicen los maestros: ´como es adentro, es afuera´. Es darle lugar a eso que está gritando adentro tuyo”.

Yo creo que todo comienza por escucharse a uno mismo sin mentir. Sin mentirte ¿No? Escucharte sin mentirte, eso sería.

Cuando repasa su recorrido, no hay fragmentación. Todo sigue vivo. Nada quedó atrás, todo se integró. Lo que antes podían parecer etapas separadas, hoy se presenta como una continuidad que encuentra sentido en el presente. Y ese presente, es interesante como lejos de la acumulación, se vuelve más simple en su forma, pero más profundo en su intención: acompañar a otros a encontrar su propia voz.

En un modo reflexivo, se anima a contar qué fue lo que aprendió en cada etapa y rol en su profesión ligada a los medios. «Si hay algo que me enseñó la radio fue a escuchar. Sigo aprendiendo eso, guarda… ¡no es que me la sepa!», dice entre risas, y continúa: «… pero me enseñó a escuchar. La tele, ¿Qué me enseñó la tele? Para hacer una analogía, la tele me enseñó a sostener una mirada; a mirar en profundidad. A poder ver con otros ojos. Luego, después de trabajar tanto tiempo en publicidad, eso me ayudó mucho a entender –como más psicológico– qué es lo que mueve a las personas. Porque ese trabajo, la publicidad, te da esas herramientas. Con respecto a la docencia, yo creo que soy docente de alma. A mí, la docencia, me enseñó a amar profundamente el proceso del otro. La transformación del otro y a acompañar”.

Pero hay un punto de inflexión en su vida y en el cual reconoce que la palabra deja de ser suficiente. Y es allí donde nace desde adentro ese profundo llamado de búsqueda interna que Cecilia describe «tan revelador como incómodo». 

No tuvo que ver con errores técnicos ni con falta de herramientas, sino con algo más difícil de admitir:

Es muy duro ¿no? Pero, cuando me di cuenta que no todo lo que yo decía era verdad. No porque yo mintiera… sino porque no me podía escuchar de verdad. Eso fue muy fuerte para mí. Poder notar cuándo hablaba para agradar, para encajar, para sostener una imagen. Cuando me di cuenta de eso, fue un proceso duro.

Es en ese proceso que aparece la búsqueda de expansión, estudio espiritual y desarrollo humano.

«En esos momentos, la palabra dejó de ser algo técnico ¿viste? Empezó a ser algo que me conectaba con mi esencia, con la honestidad. Con la verdad. Ahí se volvió verdadero. Podría decir que la palabra dejó de ser herramienta y se volvió camino cuando empecé a escucharme de verdad”, recuerda.

En paralelo, su formación en Tecnicatura Superior en Desarrollo Humano y su contínua  búsqueda la llevaron a incorporar otra dimensión: la del cuerpo. Entender que hay cosas que no se dicen, sino que se sienten. 

“Entender que el cuerpo está primero. Que el cuerpo revela. Que hay cosas que no se dice, que se sienten y que uno tiene que aprender a escuchar con el cuerpo ¿no? Y también aprendí que el silencio también comunica”, expresa.

En este camino, confiesa que: «yo estoy recorriendo una búsqueda constante, más filosófica, y eso a mí me enseñó muchísimo acerca del silencio. Y aprendí que el silencio también comunica. Y muchas veces, el silencio es más elocuente que cualquier discurso«.

Si mira hacia atrás y se encuentra con la Cecilia de hace diez o quince años, no aparece el consejo técnico ni la advertencia profesional. Aparece, en cambio, una enseñanza que la acompaña desde hace tiempo y que sigue vigente: «nadie puede robarle la alegría». 

Si hoy pudieras hablar con la Cecilia de hace 10 o 15 años, ¿qué le dirías?

«Le diría algo que, en realidad yo me lo digo siempre, que a mí me lo dijo un sabio, un maestro… y me quedó grabado para siempre. Él me dijo: “Te pueden quitar todo. Todo te pueden quitar, pero nadie puede robarte la alegría”. Y a mí eso, me ha servido un montón a lo largo de la vida: sostener la alegría. Porque la alegría vuelve todo más liviano. La alegría abre puertas; la alegría nos hace más fácil la vida. Más allá de lo que ocurra. Creo que tiene que ver con el contentamiento que hablan algunas escuelas filosóficas o la aceptación de la que se habla: poder recibir con alegría. Así que, a esa Cecilia de hace 10 0 15 años, le diría que se sostenga en eso; que nos ha ido bien siendo así. Llevando la alegría como estandarte«.

(Foto) Archivo Canal 7 Neuquén – Programa «El Mirador». Año 2012.-

Volver a pensar la reinvención desde su experiencia implica correrse de las ideas más instaladas.

No se trata de sumar, sino de soltar. “reinventarse”, es un acto interno. Eso es. Es algo que ocurre adentro de uno. Y es el momento en que dejás de sostener una versión tuya que ya no se sostiene de ninguna forma. Que ya no tiene verdad. Aunque haya funcionado un tiempo.

Un momento en el que lo anterior cae y lo nuevo aún no aparece con claridad. Y es ahí donde, según Cecilia, se juega lo esencial: la capacidad de permanecer, de escuchar, de «ver qué queda cuando todo lo demás se desprende». No es una pregunta sobre qué hacer, sino sobre qué dejar de sostener. Y en esa decisión, profundamente interna, comienza a ordenarse lo externo.

«Me atrevería a decir que reinventarse no es tanto como sumar cosas. Sino es perder. Es desprenderse. Es así. Es como ´dejo de ser quien era y ahora ¿quién voy a ser? ´. Y tal vez, para mí, reinventarme, que lo he hecho muchísimas veces, es como atravesar un vacío. Y ser capaz de escucharme el tiempo necesario, suficiente para poder sentir y percibir todo lo que quedaba, cuando todo caía…» 

Al final, cuando se le pregunta qué siente qué vino a decir en este mundo, su respuesta se aleja de cualquier definición técnica o profesional. No habla de enseñar a hablar mejor. Habla de conciencia. De entender que la palabra tiene un poder que muchas veces se subestima.

«En este momento de mi vida, yo creo que tengo claridad que es algo que transmito siempre en mis clases o en entrevistas: vine a decir que tenemos que ser conscientes al hablar. que la palabra puede destruir. Pero una palabra también puede reparar. Que una palabra puede marcar para siempre y lastimar; o puede, devolverle a alguien la posibilidad de confiar, por ejemplo. Y que cuando logramos hablar desde un lugar verdadero, o sea, desde el amor; algo en la otra persona, se ordena«.

Y cierra: «Yo entiendo que no vine a enseñar a hablar mejor, eso lo digo siempre. No vine a eso. Vine a recordar. Que cuando hay amor cuando, en lo que decimos, la voz se convierte en algo mucho más poderoso. Y aparece la presencia, de la que hablan los maestros…”

Claramente, su respuesta se aleja de cualquier definición técnica o profesional. No habla de enseñar a hablar mejor. Habla de conciencia. De entender que la palabra tiene un poder que muchas veces se subestima: puede destruir, pero también puede reparar. Puede marcar, herir, o devolverle a alguien la posibilidad de confiar.

Desde ese lugar, su trabajo adquiere otro sentido: no transmitir técnicas, sino recordar algo esencial. Que cuando la palabra está atravesada por el amor, aparece algo más. Algo que no se fuerza ni se actúa: la presencia. Y en esa presencia, cuando lo que se dice es verdadero, algo en el otro también se ordena.

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