
Graciela Moreschi habla de esos adultos que, por distintos motivos, quedaron detenidos en la adolescencia: buscan libertad sin responsabilidad, desean reconocimiento sin esfuerzo, y viven como si el tiempo no pasara. Son los llamados “adolescentes eternos”, personas atrapadas en un modo de ser que evita el riesgo, la autonomía y la madurez emocional.
Pero hay un aspecto del que poco se habla: para que un adolescente eterno exista, muchas veces hay un adulto que lo sostiene. Y ese adulto, casi siempre, es un padre o una madre que se queja de la situación… mientras la alimenta.
Se quejan de que sus hijos no se independizan, pero les resuelven todo.
Se quejan de que no toman decisiones, pero toman las decisiones por ellos.
Se quejan de que no se mueven, pero les pavimentan el camino.
Se quejan de que no crecen, pero temen profundamente que lo hagan.
Detrás de la queja hay un miedo que rara vez se confiesa: el miedo a quedarse solos.
Porque cuando un hijo finalmente se va, también se va una identidad: la del indispensable, la del necesario, la del que sostiene la vida de otro. La partida del hijo obliga a muchos padres a mirarse sin excusas, sin la historia que los ocupó por años, sin la función que les dio sentido. Y ese vacío asusta.
Por eso, aunque a nivel consciente exijan autonomía, a nivel emocional a veces la sabotean.
No porque quieran perjudicar a sus hijos, sino porque no saben quiénes serían cuando ellos ya no dependan.
Es un círculo silencioso: el hijo teme crecer porque no aprendió a hacerlo, y el padre teme soltar porque no sabe vivir de otro modo.
La dependencia se vuelve mutua. Uno teme el mundo y el otro teme la soledad. El resultado: el tiempo pasa, pero nadie avanza.
Romper este ciclo requiere honestidad.
Que el hijo descubra su fuerza, aunque duela.
Que el padre descubra su vida propia, aunque dé miedo.
Que ambos entiendan que crecer no rompe vínculos: los transforma.
Tal vez el paso más amoroso no sea retener ni idealizar, sino permitir que cada uno encuentre su lugar.
Porque finalmente, un hijo que se va, no abandona: cumple su camino.
Y un padre que suelta no pierde: se recupera a sí mismo.
La pregunta que queda resonando es simple y profunda:
¿Cuántas veces llamamos “amor” a lo que, en el fondo, es miedo?
Autor: Ariel D. Gabrielli, con más de dos décadas dedicadas al desarrollo humano y organizacional, combina creatividad, neurociencia y metodologías ágiles para acompañar procesos de innovación y cambio cultural. Certificado como Agile Coach, ha impulsado programas de liderazgo, coaching y gestión en diversas instituciones públicas y privadas. Su enfoque integra la educación creativa y la agilidad como motores de transformación personal y colectiva.



