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Abuela, tu abuela»: el activismo afectivo y la fuerza expansiva de Graciela Taquini

A pocos días de la partida de Graciela Taquini, Daniel Fischer recupera en primera persona la huella de una mujer fundamental para el arte contemporáneo argentino. Curador, colega y amigo, reconstruye su legado como pionera del videoarte, maestra e impulsora de generaciones de artistas, y propone una memoria que trasciende la despedida para celebrar su manera singular de habitar el arte, la cultura y los vínculos.

Hay presencias que no se extinguen con la partida, sino que mutan en una reverberación constante dentro del espacio que habitamos. Pensar hoy en Graciela Taquini exige despojarnos de la solemnidad rígida que a veces impone la teoría para abrazar, en cambio, la vibración vital que ella misma nos enseñó a ver. Grata. Gratita. Nuestra insustituible «tía del videoarte argentino». Recordarla en el marco de nuestra Asociación de Críticos de Arte no es redactar un obituario, sino ensayar un acto de memoria hacia una mujer que hizo de la imagen en movimiento una verdadera fenomenología del afecto.

Graciela fue, antes que nada, una fuerza expansiva. Para mí -y para una constelación inmensa de artistas, curadores e investigadores que hoy se descubren huérfanos de su mirada- fue una amiga entrañable y una impulsora inclaudicable. Tenía esa agudeza picante, esa irreverencia lúcida que lograba desarmar cualquier pretensión vacía. Su pensamiento y su accionar eran siempre excesivos, pero se trataba de un exceso necesario: el desborde propio de quien comprende que el arte contemporáneo no puede limitarse a la asepsia formal, sino que debe contaminarse con la vida, con el humor y con el tiempo humano.

Su propia biografía trazó una cartografía inusual y valiente. Migró con una fluidez admirable desde el rigor de la historia del arte hacia la práctica curatorial, para finalmente transmutar y convertirse ella misma en artista -articulando gestos tan lúcidos como su célebre obra de stickers «Abuela, tu abuela», un contundente activismo que reivindicaba la potencia, la plena vigencia y la vitalidad creadora de los adultos mayores-, fundiéndose de manera indisoluble con el ecosistema de nuestra disciplina. Desde su indiscutible lugar en la academia -que la llevó a ocupar un sitial como miembro de número de la Academia Nacional de Bellas Artes y a ser coronada con distinciones insoslayables como el Premio Konex de Platino en Video Arte y el Premio a la Trayectoria-, recorrió el mundo no solo exhibiendo sus piezas, sino diseminando su saber y ensanchando las fronteras del campo visual.

Como maestra y pionera, poseía la extraña alquimia de hacer trascender las experiencias más fugaces. En sus manos, las obras dejaban de ser meros soportes tecnológicos para convertirse en herramientas de conocimiento crítico, en archivos palpitantes donde se tensionaban nuestras identidades, indagando siempre en ese territorio liminal que hay entre los unos y los ceros de la pantalla. Ella entendió antes que muchos que las pantallas no eran superficies planas, sino umbrales donde lo sensible y lo político se encontraban de frente.

​Hoy la escena del arte argentino resulta distinta, irremediablemente más silenciosa sin su carcajada intempestiva y su provocación afilada. Sin embargo, su obra y su magisterio operan en nosotros como esos videos en loop que tanto estudió: carecen de un final definitivo.

Siempre es difícil decir adiós, pero Graciela Taquini no nos deja un vacío, sino un espacio saturado de su energía, un eterno retorno en cada uno de nosotros que tuvimos el inmenso privilegio de ser encendidos por su chispa. Ella nos enseñó a ver el arte, a amarlo visceralmente, a profundizar en sus pliegues, a tejer redes inquebrantables y a conquistar derechos ineludibles para nuestra comunidad. Nos legó, en definitiva, una forma ética y luminosa de habitar el arte y lo humano.

​Y cuán humano, Graciela Taquini, con todas las letras: te vamos a extrañar.

AUTOR: Daniel Fischer, Curador, investigador y crítico de arte contemporáneo.

Redacción
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