Hay fotógrafos que esperan una noche despejada para retratar la Luna.
Daniel Antoniol parece esperar otra cosa: el momento exacto para hacerla parte de su vida.
En su cuenta de Instagram, la Luna aparece una y otra vez, pero nunca exactamente de la misma manera. A veces cabe en la palma de una mano. Otras, parece esconderse dentro de un frasco, viajar en una mochila o convertirse en una pelota a punto de recibir una patada.
En una de sus fotografías, Antoniol juega al fútbol y adopta la posición precisa para patear una pelota que, en realidad, es la Luna. En otra, la lleva dentro de una mochila cuyo cierre queda abierto porque el satélite parece demasiado grande para entrar. También aparece cambiando una lámpara: sostiene un foco real en una mano y, en la otra, el capuchón vacío, mientras la Luna ocupa exactamente el lugar de la luz que falta.

La imagen funciona porque todo parece posible durante apenas un instante. Y ese instante es, justamente, una de las claves de su trabajo.
Antoniol juega con la distancia, la perspectiva y el punto de vista para conseguir que objetos y elementos que están separados por enormes distancias parezcan compartir el mismo espacio. Es una técnica conocida como perspectiva forzada, pero en sus fotografías la herramienta queda en segundo plano frente a la idea que propone cada escena.

La Luna puede ser una pelota, una lámpara, un objeto perdido o algo que simplemente estaba ahí esperando ser tomado.
En la serie que llamó “El robo de la Luna”, directamente parece haber cometido un delito imposible: la sostiene entre sus manos, la guarda en un recipiente y juega con ella como si hubiera conseguido arrancarla del cielo. La propuesta se volvió especialmente reconocible porque convirtió una misma idea en distintas situaciones, llevando el juego mucho más allá de una única fotografía.



Pero reducir su trabajo a ese “robo” sería quedarse solamente con la anécdota.
Lo más interesante aparece cuando se observa el conjunto.
La Luna se transforma en una compañera de escenas cotidianas. Antoniol no necesita construir mundos fantásticos alrededor de ella. Le alcanza con encontrar un lugar, una posición y un instante. Una calle, una mochila, una cancha, una lámpara o sus propias manos pueden convertirse en escenario.

Como si el fotógrafo se negara a aceptar que la Luna debe permanecer siempre allá arriba, distante e intocable. Entonces la acerca. La pone al alcance de una mano. La lleva de paseo. La convierte en objeto. Juega con ella.
Y después vuelve a dejarla en el cielo. La ilusión funciona porque el cerebro sabe que aquello es imposible, pero durante unos segundos la fotografía consigue que los ojos acepten la ficción.
Detrás de cada imagen hay, además, una enorme precisión. No alcanza con tener la idea: hay que encontrar el lugar desde donde la Luna tendrá el tamaño necesario, esperar el momento adecuado, calcular la posición del cuerpo y disparar cuando todos los elementos coincidan. El propio trabajo de Antoniol sobre la Luna ha requerido meses de preparación.
Por eso, más que fotografiar un cuerpo celeste, Antoniol parece haber construido una relación visual con él.

La Luna es su modelo, su objeto de juego y, de alguna manera, su compañera de escena.
El único satélite natural de la Tierra aparece así convertido en algo mucho más cercano: una pelota, una lámpara, un objeto que cabe en una mochila o una pequeña pieza del paisaje. La distancia sigue siendo de cientos de miles de kilómetros. Sin embargo, una vez más el ser humano, a través del arte, expande sus sentidos y nos demuestra que nada es tan lejano.

