Hay personas que observan una ciudad mientras la atraviesan y otras que parecen detenerse, incluso en movimiento, frente a aquello que los demás apenas registran. Rodolfo Fucile pertenece a ese segundo grupo. Mira a la gente esperando el colectivo, a una mujer que cruza una calle, los gestos de alguien trabajando o el carácter que asoma en un rostro totalmente desconocido. Después dibuja. A veces en un cuaderno. Otras, desde la imaginación. Como si entre el mundo y él existiera una línea que todavía necesita seguir explorando.
Nacido en Buenos Aires en 1978, Fucile lleva más de 25 años trabajando como ilustrador, dibujante y autor. Sus trabajos aparecieron en medios como Clarín, La Nación, Caras y Caretas, Orsai, Brando y Anfibia, además de editoriales, producciones audiovisuales, publicidad y proyectos vinculados al cine. Publicó, entre otros, Artistas irrelevantes, Vicios y virtudes del Carnicero, El Supervisor, Fuera de Serie, Bagatelas. Dibujos de Buenos Aires, Semana Trágica, Fosa Común, Rebusques, La Rejilla, Transformaciones y, en 2025, Movimientos oculares.



Pero una enumeración de trabajos dice poco sobre aquello que ocurre antes de que el lápiz toque el papel. En «EXCLUSIVAS DC«, Diario Confluencia conversó con Rodolfo Fucile desde otro lugar: el de un artista en plena actividad, después de un largo recorrido y todavía atravesado por la curiosidad de quien no considera terminada su búsqueda.

Al hablar del momento de vida en el que se encuentra, Fucile elige una palabra: madurez. No como un punto de llegada ni como una revisión nostálgica del camino, sino como una síntesis construida después de trabajar durante años en distintas áreas del dibujo y conocer las reglas, posibilidades y límites de cada una.
“Después de 25 años más o menos como ilustrador, como dibujante y como autor de proyectos, creo que uno hace un balance”, cuenta. Ese recorrido le permitió diferenciar con claridad el trabajo comercial de sus búsquedas personales. Por un lado, el pragmatismo necesario para comprender qué puede pedírsele a una obra por encargo; por otro, la libertad absoluta de sus proyectos propios. “No me pongo ningún tipo de condicionamientos y dibujo realmente lo que me interesa, lo que me gusta. Creo que ese es el resultado de todo ese recorrido”.




En realidad, el dibujo había aparecido mucho antes que la profesión. Fucile dibujaba desde chico y ya entonces utilizaba el papel como un canal expresivo. Personajes imaginarios, personas que veía en la calle, jugadores de fútbol y escenas pertenecientes a su propio universo empezaron a poblar sus primeras líneas. La música y la escritura también ocuparon un lugar en su vida, pero el dibujo permaneció.
“Siempre tuve claro que era una forma de relacionarme con el mundo”, explica. Con el tiempo, aquella intuición tomó una forma más consciente en los sketchbooks y en el hábito de salir con un cuaderno para dibujar a la gente. La calle se convirtió entonces en un territorio de observación y los desconocidos, sin saberlo, en una fuente inagotable de sus personajes.

Puede ser una mujer mayor caminando, una chica, alguien trabajando o una persona esperando el colectivo. Para Fucile, la curiosidad frente a los otros no parece agotarse. “Puedo dibujar mil veces a una vieja que pasa por ahí”, dice, casi como una declaración de principios. Pero la observación no termina en la reproducción de aquello que ve. Más tarde, esas figuras pueden reaparecer transformadas, mezcladas o convertidas en lo que él mismo define, entre risas, como “mutaciones” de tipo fantástico o metafórico.



“Trato de explorar las actitudes de la gente, estudiar los caracteres e imaginarme cómo será su vida, qué está pensando”, relata. El desafío está en otro lugar: captar algo de ese desconocido y sintetizarlo con pocas líneas. Encontrar un gesto. Una postura. Una forma.
“Lograr, de alguna manera, captar ese espíritu”, señala.
Un cupido poseído por Pappo
En 2003, cuando todavía llevaba pocos años trabajando profesionalmente como ilustrador, recibió un llamado inesperado. Le propusieron trabajar en el arte de «Buscando un amor«, el disco que Pappo publicaría dos años antes de su muerte.

«El trabajo no representó un gran ingreso económico«. Fucile lo recuerda con absoluta naturalidad. Sin embargo, comprendía el peso simbólico de participar en un proyecto relacionado con uno de los grandes nombres del rock y el blues argentino. Había escuchado a Pappo durante su adolescencia, cuando también tocaba la guitarra, y admiraba su recorrido.
Según detalla, no llegó a tener contacto directo con el músico. El intercambio se realizó a través de un estudio de diseño que «trabajaba con el sello o la productora. La imagen, además, fue cambiando durante el proceso creativo», aclara.
“En un principio yo lo había dibujado a él, ahí en el cielo con las nubes”, recuerda. La idea mutó hasta llegar al personaje que finalmente quedó inmortalizado en la tapa. Y Fucile hace una aclaración sobre una imagen que miles de personas vieron durante más de dos décadas:
“El angelito ese no es Pappo. Es un cupido poseído, digamos”.
Rodolfo Fucile
Y añade, «Un cupido atravesado por el espíritu del Carpo y acompañado por maestros del blues: Jimi Hendrix, Muddy Waters, Stevie Ray Vaughan y John Lee Hooker formaron parte de aquella composición». El disco se publicó. Después, ocurrió lo impensado.
Pappo murió en febrero de 2005 y la imagen adquirió una dimensión que nadie había previsto. La tapa comenzó a ser mirada desde otro lugar y, para muchos seguidores, adquirió incluso un carácter premonitorio. El dibujo dejó de pertenecer únicamente a un disco.
“Se convirtió en algo mítico”, reconoce Fucile. Los fanáticos comenzaron a escribirle y a enviarle fotografías de tatuajes realizados a partir de aquella ilustración. La imagen fue redibujada, reproducida en carteles, utilizada en piezas vinculadas al músico y llegó a tener una reproducción en la plaza dedicada a Pappo, en La Paternal.
“De esa manera fue que me hice un lugarcito en la historia del rock nacional”, dice. Sin exagerar el episodio ni convertirlo en el centro de su trayectoria, Fucile reconoce el lugar inesperado que aquel trabajo terminó ocupando en la memoria colectiva.
Porque después siguió dibujando.
Y sigue haciéndolo.

Algunas ilustraciones de una serie en desarrollo. Están hechas con tinta y acuarela / lápiz acuarelable.
Hoy su trabajo parece transitar por dos caminos que, aunque diferentes, terminan encontrándose. Uno es el boceto urbano: el registro cotidiano de personas y paisajes que realiza cuando sale a la calle, viaja o simplemente atraviesa una escena que despierta su atención. “Voy como recolectando personajes”, explica.
El otro camino es más introspectivo. Allí aparecen los dibujos nacidos de la imaginación, la asociación libre y una zona cercana a los sueños. Su último libro, Movimientos oculares, se inscribe en esa búsqueda: personajes extraños, situaciones inexplicables e imágenes que parecen surgir antes de que exista una intención racional de explicarlas.




“Voy dejando salir todo lo que va surgiendo de la imaginación y voy encontrando cosas”, cuenta. Después llegan los títulos. Las relaciones. Los puntos de contacto entre dibujos que, quizás, fueron creados sin pensar inicialmente en un libro.
Fucile trabaja de esa manera. Produce constantemente y después observa su propia producción. Algunas veces descubre que entre aquellas imágenes existe una conversación. Entonces el proyecto empieza a aparecer. “El libro está casi armado. Hay que darle un toque y una pulida”, explica.
Su próxima búsqueda podría volver sobre los dibujos urbanos e incorporar algo que hace tiempo no publica: textos. No existe todavía una fórmula cerrada. Y acaso esa falta de condicionamientos sea precisamente la forma que encontró para seguir trabajando después de más de dos décadas de oficio.

Cuando Diario Confluencia le preguntó qué sigue buscando alguien que dibuja desde hace tantos años, Fucile se detuvo en la pregunta. Y cambió el eje.
“Yo no sé si uno está buscando dibujar algo en particular, el qué, sino más bien el cómo”.
La reflexión adquiere otra dimensión en tiempos de inteligencia artificial. Fucile observa una época que define como “muy resultadista”, donde el valor parece concentrarse cada vez más en la imagen terminada. El proceso, en cambio, puede quedar afuera: «observar, aprender un oficio, equivocarse, relacionar formas sobre un papel y atravesar todo aquello que sucede antes de llegar a un resultado».
“Hay gente que se salta, pasa por alto todo ese proceso creativo y de trabajo”, señala. Él eligió caminar en la dirección contraria.
Dibuja todos los días.
Dibuja lo que ve y también aquello que imagina. Lo entiende como una práctica, una gimnasia capaz de abrir nuevos caminos. Ya no se trata necesariamente de encontrar algo que jamás haya dibujado, sino de descubrir una manera propia, genuina y honesta de representar el mundo utilizando los elementos más básicos del lenguaje del dibujo: líneas, manchas y contrastes.
“Que yo la sienta sincera”, resume.


Y entonces, al intentar explicar el sentido más profundo de esa búsqueda, aparece una imagen: «es como una botella al mar que uno tira, ¿no?», expresa.
“En definitiva, creo que uno lo que busca es comunicarse”, dice. Para hacerlo, primero hay que ordenar algo de ese caos que habita la cabeza y encontrar una intermediación entre uno mismo y el mundo. Después, el mensaje sale. El dibujo queda expuesto. «Y ya no siempre es posible saber quién estará del otro lado».
“Me pasó muchas veces que sentí esa conexión especial, incluso con gente totalmente desconocida o extranjera, que se vincula con los dibujos de un modo diferente”, contó Fucile. Personas que se animaron a escribirle porque una imagen había tocado “una fibra sensible” y algo difícil de explicar había sucedido.
“Se produjo esa especie de hechizo”, resume.
También hubo chicos que llegaron a sus trabajos porque sus padres o profesores decidieron mostrarles sus dibujos, aun cuando no se trataba de libros infantiles. Y entre todos esos recuerdos aparece uno que Fucile conserva especialmente: Una maestra rural utilizó sus dibujos como inspiración para trabajar con sus alumnos. Tiempo después, decidió escribirle y enviarle fotografías de aquella actividad.
Los chicos habían dibujado. “Hicieron unos dibujos buenísimos. Fue emocionante”, recuerda.
Tal vez la búsqueda que atravesó toda esta conversación habite precisamente allí. En observar a un desconocido, intentar captar algo de su espíritu con unas pocas líneas y después dejar que el dibujo encuentre su propio camino. A veces llegará a la piel de un seguidor de Pappo. Otras, a una persona en otro país. Y alguna vez entrará en un aula rural para despertar nuevos dibujos en las manos de chicos que quizás nunca conozca.
Fucile lo resume mejor:
“Son casos donde hubo comunicación directa a través del dibujo. ¡El poder de la línea!”
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