InicioPersonas detrás de la historiaEl rey que perdió (no sólo) la cabeza

El rey que perdió (no sólo) la cabeza

Su vida y reinado no son tan conocidos como su final.

21 de enero de 1793: la multitud celebra en la Plaza de la Revolución de París al ver la cabeza cortada de un hombre. No se trataba de cualquier cabeza, sino la de alguien que, casi veinte años atrás, había asumido el trono dispuesto a realizar ambiciosas reformas. Sin embargo, múltiples factores lo llevaron a un triste e inolvidable final.

Todos conocemos a Luis XVI por ser el rey decapitado durante la revolución francesa. Pero detrás de aquella imagen, hay un personaje trágico que, pese a sus intenciones, careció de habilidad y fuerza para hacerle frente a unas circunstancias excepcionales que lo terminaron arrollando.

Los inicios

Louis-Auguste, nieto del rey de Francia Luis XV, nació en el palacio de Versalles el 23 de agosto de 1754. En un principio, la corona se le hacía lejana porque en la línea sucesoria, antes que él, estaban su padre y su hermano mayor. Pero la muerte prematura de ambos lo dejó cómo el único sucesor. A partir de ahí, se lo preparó para ocupar el cargo más importante del reino en un futuro. 

Su educación fue completa y eficaz en temas técnicos. Se le enseñó historia, derecho, religión, idiomas, geografía, y muchos temas en los que demostró ser muy apto. Su talento para las ciencias exactas era excepcional, y se apasionó con la cartografía e ingeniería naval. Sin embargo, tenía enormes dificultades para los vínculos interpersonales. Era tímido, cerrado, y en las ceremonias se mostraba torpe. Nunca le gustó la política, ni asistir a los eventos protocolares. Tampoco tuvo oportunidad de aprender mucho, porque su abuelo siempre lo excluyó del consejo de Estado. 

En 1770, cuando tenía quince años, se casó con la hermana del emperador del Sacro Imperio, María Antonieta. Detrás de aquella unión, había una estrategia de Luis XV para mejorar la relación de Francia con Austria, un reino que era un enemigo histórico. 

María Antonieta (1755-1793). Archiduquesa de Austria, y hermana del emperador José II. Su origen austríaco la hizo muy impopular en Francia

La alianza fue muy impopular en sectores de la corte y de la opinión pública. La futura reina consorte se llevó la peor parte, siendo constantemente rechazada por su nuevo entorno. Pese a las críticas, el matrimonio se desarrolló de forma estable, y tendría cuatro hijos.

En 1774, con diecinueve años, llegó el momento para el cual lo habían preparado toda la vida. Su abuelo murió el 10 de mayo y, un año después, sería coronado rey de Francia y de Navarra asumiendo el nombre de Luis XVI. 

El reinado

Luis heredó una corona fuerte, pero desgastada en múltiples frentes. El país atravesaba una situación económica delicada, con un Estado muy endeudado y con un alto déficit fiscal. El sistema social era rígido, incapaz de adaptarse a los cambios. Comenzaba a aparecer una burguesía con mayores recursos, pero marginada de las decisiones políticas. La enorme mayoría vivía en zonas rurales, y dependía casi enteramente de las cosechas. Todo este contexto coincidía con el auge de la Ilustración y de nuevas ideas que se debatían en una opinión pública más grande y compleja, donde se ponían en discusión normas incuestionables hasta ese momento, como por ejemplo, el derecho divino de los reyes.

Desde un inicio, Luis XVI se mostró dispuesto a realizar reformas para ordenar la situación. Sus primeras políticas buscaron restaurar la confianza en las instituciones y liberalizar la economía. Restituyó los parlamentos regionales, desreguló el comercio de granos, e introdujo un nuevo impuesto que incluía a la nobleza y al clero, grupos sociales que solían tener privilegios fiscales. 

Todas estas políticas generaron enormes turbulencias. Nobles, aristócratas y otros sectores damnificados, comenzaron a ejercer presión para que se diera marcha atrás. Para colmo, la liberalización del mercado de granos coincidió con una mala temporada de cosechas que provocó escasez y disparó el precio del pan, empobreciendo a la mayor parte de la población. Las presiones políticas y la conflictividad social hicieron que el rey no pudiera sostener sus decisiones, y abortara la mayoría de reformas.

A pesar del traspié, Luis mantuvo su entusiasmo reformista. Implementó medidas como la abolición de la tortura y de la servidumbre en los dominos reales, al tiempo que amplió derechos para los protestantes y transparentó las cuentas públicas. Para debilitar al Reino Unido, el gran rival internacional, apoyó a las Trece Colonias norteamericanas1 en su lucha independentista. En el plano económico, insistió nuevamente con un impuesto general que abarcaba a todos los estamentos. Pero, otra vez, las resistencias políticas de los damnificados lo hicieron retroceder.

(Luis XVI, vestido de lila, dando instrucciones sobre un mapa. El rey era un apasionado de la cartografía y la ingeniería naval. Ese interés lo llevó a tomar medidas como la expedición de Le Pérouse, la construcción de un puerto militar en Cherburgo, e invertir fuertemente en la marina real. Obra de Nicolás André Monsiau)

Y es que, a pesar de sus ideas, Luis estaba careciendo de cintura política para llevarlas a la práctica. Siempre chocaba contra el muro de las facciones cortesanas que presionaban para mantener el status quo, sin que él pudiese encontrarle la vuelta. Las ideas rechazadas no eran sólo impuestos universales. También cayeron otras como reformas judiciales y agrarias, supresión de monopolios, o límites en las atribuciones del parlamento.

Luis trataba de estar en todos los detalles, leyendo minuciosamente los informes y comprendiendo los problemas técnicos del Estado, pero había una barrera que no podía superar: la política. En muchos temas se mostraba ambigüo e incapaz de tomar una decisión, lo que lo dejó en una posición incómoda que lo paralizó a él, y por ende, al resto del gobierno.

Mientras tanto, la situación seguía declinando con una corona incapaz de conseguir recursos, y que debía recurrir cada vez más al endeudamiento. Algunas decisiones, como el apoyo a las Trece Colonias, agudizaron aún más la crisis financiera. Tal era la fragilidad, que el Estado francés ya no podía realizar intervenciones en conflictos externos porque no las podía costear. 

Con un panorama cada vez más complejo, Luis fue perdiendo la iniciativa que tenía al inicio de su reinado, al punto de aislarse progresivamente en Versalles donde se solía abstraer de todo. Las constantes dificultades que enfrentaba debilitaron su estado mental, deprimiéndolo profundamente. Cada tanto tenía atracones, episodios de autoritarismo esporádico, y mostraba un gran resentimiento hacia la élite cortesana que saboteaba sus reformas. Para colmo, tuvo que enfrentar la muerte de su hijo mayor que lo afectó aún más. Tal era su aislamiento, que María Antonieta se vio empujada a hacer más apariciones para aliviar la parálisis. 

En este escenario, llegó Francia a 1789. 

La revolución

Para ese año, la situación era muy delicada porque, además de la crisis económica y social, había un gobierno estancado que no podía tomar decisiones. Luis ya había entendido que con la corte y nobleza tradicional no iba a ningún lado, por lo que convocó a los Estados Generales, una asamblea extraordinaria que incluía a amplios sectores de la sociedad. Su última convocatoria había tenido lugar en el lejano 1614.

Luis XVI presidiendo los Estados Generales del 5 de mayo de 1789. Aquella asamblea, que involucra a vastos sectores sociales, fue la primera de su naturaleza en más de 170 años

El 5 de mayo, Versalles albergó el encuentro en medio de un escenario turbulento. Los miembros del Tercer Estado (burgueses, artesanos, campesinos, etc.) estaban furiosos por tener que soportar la mayor parte de la carga tributaria de un Estado grande e ineficiente. Para calmar los ánimos, el rey les concedió más diputados en la sesión. Sin embargo, fue ambigüo a la hora de definir el método de votación, lo que provocó un arduo debate entre quienes defendían el voto individual y los que preferían que fuese por estamento. 

Además de alargar la parálisis, estas diferencias provocaron que varios diputados abandonaran la sesión y, como respuesta, fundaran la Asamblea Nacional el 17 de junio. Por primera vez, un grupo social que no pertenecía a la nobleza tradicional creaba una institución por fuera del régimen oficial. Los miembros de dicha asamblea tomaron posiciones que rompían por completo con las reglas del momento. Discutieron el poder divino de los reyes, y se adjudicaron la representación de la soberanía nacional. Soberanía que, para ellos, pertenecía al pueblo y no al monarca. 

La primera reacción de Luis fue intentar disolver la nueva asamblea. Clausuró el salón donde esta se solía reunir, y ofreció algunas concesiones para apaciguar la situación. Sin embargo, todos sus intentos fracasaron ante un grupo cada vez más radicalizado que se mostraba muy firme. El 27 de junio, ante la imposibilidad de desarticular la Asamblea Nacional, Luis se rindió e instó al resto de representantes a sumarse a ella.

Pero, mientras discursivamente aceptaba la nueva asamblea, también trabajaba para mantener el control de la situación. Con eso en mente, mandó al ejército a rodear París para apaciguar a los insurgentes. Esto enfureció a una gran masa de gente que, además de pasar penurias económicas, veía como desde arriba se intentaba sostener el régimen a toda costa. El 14 de julio, miles de personas fueron a la prisión de la Bastilla a buscar pólvora y hacerle frente a las tropas reales. A partir de ahí, lo que había iniciado como un debate político entre élites, se transformó en un conflicto que involucraba a la población en su conjunto. 

Toma de la Bastilla, el 14 de julio de 1789. Para muchos, este evento marcaría el inicio de la Revolución Francesa

Las calles estaban repletas de personas armadas que discutían la autoridad del rey y se adjudicaban ser el alma de Francia. Frente a semejante rebelión, Luis prefirió no abrir fuego contra la población, y negociar con los sectores emergentes. Concedió demandas como libertades de prensa, la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, y una nueva organización religiosa que permitía a los ciudadanos elegir a los clérigos. Por otro lado, fue obligado a abandonar Versalles y mudarse a un palacio en el centro de la capital.

Nuevamente, el rey quedó en un punto medio incómodo. Personalmente aceptaba varias de las nuevas demandas como la igualdad fiscal, pero se sentía incómodo con la intensidad de los sectores emergentes. Mientras promulgaba leyes reformistas, trabajaba en secreto para que las cosas no cambiaran tanto. Maria Antonieta, por su parte, estaba más disgustada con el rumbo que tomaron las cosas. Comprometida a contener la revolución, trabajaba para recuperar la autoridad perdida de la monarquía. Mantenía correspondencia clandestina con su hermano, Leopoldo II de Austria, y buscaba alternativas que le permitieran a su esposo negociar en una posición más fuerte. Con ese objetivo, el 20 de junio de 1791 la pareja real intentó escapar de París para reunir un ejército. Desgraciadamente para ellos, en la noche del 21 fueron descubiertos en pleno camino, y regresados de vuelta a la capital.

Allí fueron recibidos con la hostilidad de una multitud que los veía como traidores a la revolución. Si bien Luis fue restituido en el cargo, donde se le obligó a jurar la nueva constitución, la confianza con la población estaba rota. Los insurgentes ya no veían a su rey como alguien que podía aportar a los cambios, sino como un obstáculo. Para colmo, el monarca seguía usando su veto para abortar varias ideas de la asamblea legislativa, tensando aún más la relación con ellos. 

La explosión final se dio en 1792, cuando Francia entró en guerra con Austria. Las conexiones de la familia real con el enemigo colmaron la paciencia de los reformistas, quienes asaltaron el Palacio de las Tullerías y detuvieron a Luis XVI y a sus allegados. Una vez prisionero, se abolió la monarquía y se llevó al rey a juicio. El 15 de enero de 1793, fue declarado culpable de atentar contra la seguridad del Estado, y condenado a muerte en la guillotina. Seis días después, fue decapitado ante una multitud que celebraba mientras veía su cabeza cortada. Su reinado de dieciocho años había terminado.

Verdugo exhibe la cabeza de Luis XVI. Él no sería la única víctima de la guillotina. María Antonieta también fue decapitada en octubre de ese mismo año. En los años siguientes, miles de nobles y opositores de la revolución sufrirían el mismo castigo.

El legado

De forma irónica, Luis XVI terminó destruyendo el antiguo régimen que se había propuesto terminar por una vía institucional. Sin embargo, no lo hizo del modo que hubiese deseado. Con justicia o no, hoy es recordado como un rey débil cuya frivolidad provocó la sublevación popular que cambiaría a Francia y al mundo. 

Pudo haber tenido buenas intenciones, pero se vio desbordado por unas circunstancias excepcionales que no pudo manejar y que terminaron con su vida, marcando un punto de quiebre en la historia. 

Autor: Juan Cruz Tonelli

Notas:

1: Las Trece Colonias fueron los primeros Estados de Estados Unidos, que se independizaron del Reino Unido en 1776.

Fuentes:

Jean Christian Petitfils (2012): “Louis XVI”

John Hardman (2016): “The Life of Louis XVI, Yale University Press”

Jacques Godechot (1963): “Las revoluciones (1770-1790)”

Louis Bergeron, Francois Furet y Reinhart Koselleck (1969): “La época de las revoluciones europeas, 1780-1848”

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Juan Cruz Tonelli
Juan Cruz Tonelli
Juan Cruz Tonelli es autor y columnista de Diario Confluencia, donde desarrolla "Personas detrás de la Historia", un espacio dedicado a explorar personajes, acontecimientos y procesos históricos que ayudan a comprender el presente. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Torcuato Di Tella. Fue asistente del consultor de alta dirección Alberto Lederman y desarrolló experiencia profesional en redes sociales e inteligencia artificial. Actualmente cursa una Maestría en Periodismo en la Escuela de Unidad Editorial, en Madrid. En Diario Confluencia aporta una mirada histórica y narrativa, recuperando episodios y protagonistas del pasado para analizar las historias que nos trajeron hasta la actualidad.