Las primeras dos audiencias del juicio por la desaparición de Loan Peña no solo comenzaron a delinear el recorrido judicial del caso. También dejaron ver, en gestos pequeños y actitudes difíciles de ignorar, cómo enfrenta cada acusado el peso de estar sentado en el banquillo. El escenario fue el Escuadrón N°48 de la Gendarmería Nacional, y las escenas que se sucedieron dentro de la sala construyeron un retrato propio del clima del debate.
El comisario Walter Maciel llamó la atención desde el primer momento. Ya sin esposas, se lo vio concentrado durante buena parte de la primera audiencia, escribiendo de manera constante en un cuaderno Gloria de tapa verde. Con la mirada baja y por momentos ajeno a lo que ocurría a su alrededor, el acusado de ser partícipe secundario tomó notas mientras avanzaban las exposiciones, como si registrar cada detalle fuera su forma de atravesar el proceso.
A pocos metros, Laudelina Peña mostró otra cara del impacto del juicio. Según su abogada, Mónica Chirivín, la mujer viene sufriendo episodios de presión alta desde el domingo previo al inicio de las audiencias, lo que se suma a un cuadro de desgaste que desde su entorno describen como acumulado desde el comienzo de la causa. En uno de los cuartos intermedios, Rodolfo Baqué, el abogado de Elizabeth Noemí Cutaia, se acercó a ella para alcanzarle golosinas y algo para comer, en un gesto que pasó casi desapercibido en la sala.
El vínculo entre los propios imputados también dejó señales visibles. Carlos Pérez y María Victoria Caillava se mantuvieron distantes de Laudelina durante todo el debate: en más de una ocasión le dieron la espalda y evitaron cualquier tipo de contacto visual o interacción, una imagen que marcó la distancia entre quienes, según la acusación fiscal, habrían actuado juntos. Mónica Millapi, en tanto, siguió el debate por Zoom desde su casa en Neuquén, una modalidad autorizada por el tribunal para que pudiera cuidar a sus hijos, aunque con inconvenientes: su conexión falló en varias oportunidades y el tribunal debió llamarle la atención antes de que volviera a conectarse desde su celular.
Daniel «Fierrito» Ramírez se mostró activo y con una mirada desafiante en varios tramos de las audiencias, conversando en voz baja de manera constante con sus abogados. Antonio Benítez, en cambio, protagonizó un cambio notable entre una jornada y la otra: si en la primera audiencia se lo vio con la cabeza gacha y una postura retraída, en la segunda apareció más erguido, firme en su asiento y atento a cada intervención.
Son escenas menores, detalles que no figuran en los expedientes y que no pesarán en el veredicto que deberán dictar los jueces, en un juicio que podría extenderse hasta fin de año. Pero en un caso de semejante repercusión y gravedad, esos pequeños gestos funcionan como un reflejo de cómo cada uno de los acusados enfrenta, a su manera, el avance de un proceso que los tiene en el centro de la escena.



