Home Personas detrás de la historia “Revolución con empanadas y vino tinto” (y su trágico final)

“Revolución con empanadas y vino tinto” (y su trágico final)

El marxista que alcanzó el poder en las urnas, y buscó hacer una revolución por la vía institucional.

Salvador Allende Gossens (1908-1973). Fue un médico cirujano y político, presidente de Chile entre 1970 y 1973. Primer marxista en llegar al poder por el voto popular, buscó instaurar el socialismo mediante las leyes y la democracia. Una fuerte crisis económica, una polarización exacerbada, y un contexto internacional adverso precipitaron el final de su gobierno.

A partir de la revolución cubana, muchos socialistas en América Latina empezaron a creer que, para alcanzar ese sistema con el que soñaban, era mejor hacerlo con la lucha armada. Esto inspiró a numerosos grupos revolucionarios a lo largo del continente. Sin embargo, en Chile sucedió algo peculiar. Ahí la izquierda llegó al gobierno con un líder distinto, que no levantaba armas, sino que vestía de traje, tenía gustos refinados, y había pasado buena parte su vida en el parlamento, negociando acuerdos y diseñando leyes. Hablamos de Salvador Allende. 

Hoy es recordado como el primer presidente marxista que llegó al poder con elecciones democráticas. Con ideas rupturistas, pero con un estilo dialoguista, buscó cambiar radicalmente su país mediante leyes e instituciones. Pero, para su desgracia, numerosas dificultades propias y ajenas lo llevaron a un trágico final.

Los inicios

Salvador Allende Gossens nació en Santiago el 26 de junio de 1908, en una familia de profesionales políticamente activos. Su padre era un abogado liberal vinculado a la masonería, y su madre una ferviente católica. Su abuelo paterno era un destacado médico, profesor universitario, y político del Partido Radical, que había sido parlamentario y fundador de la primera escuela laica del país.

Su infancia y escolaridad las atravesó en diferentes ciudades del país. A principios de los 20, mientras vivía en Valparaíso, conoció a un carpintero anarquista que lo introdujo en las lecturas de izquierda, convirtiéndose en una gran referencia ideológica para él. Luego de terminar el colegio y realizar el servicio militar, se anotó en la carrera de medicina. 

(Foto 1: Allende (centro) durante sus estudios universitarios. Fue la etapa donde consolidó su formación política en la militancia socialista).

Fue en la universidad donde se metió de lleno en la militancia socialista. Allí no sólo se formó académicamente, sino también personal y políticamente. Profundizó sus lecturas, se nutrió de los debates que se daban en las agrupaciones, aprendió a tolerar las frustraciones de la política, y consolidó su ideología. Se convirtió en un dirigente estudiantil, llegando a ser presidente del Centro de Estudiantes. También fue un opositor activo de la dictadura que gobernaba el país en aquel entonces, lo que le valió arrestos y expulsiones temporales de la universidad. En 1933, poco tiempo antes de recibirse de médico cirujano, participó en la fundación del Partido Socialista de Chile.  

Apenas obtuvo el título, se dedicó a la medicina. Dicha actividad lo acercó aún más al socialismo, ya que consideraba la salud como un problema más social que algo puramente clínico. Fue por eso que, al poco tiempo, dejó el trabajo como médico para dedicarse enteramente a la política. En 1937, a los 29, alcanzaría su primer cargo público al ser elegido diputado. Dos años después, sería nombrado Ministro de Salud en el gobierno de Pedro Aguirre. Allí promovió medidas como la modernización del Seguro Obrero, programas de nutrición escolar, o controles de precios para los medicamentos. 

Luego de esa primera experiencia ejecutiva, que duró poco menos de tres años, se convirtió en Secretario General del Partido Socialista. En 1945, fue electo Senador, donde pasaría sus siguientes 25 años, promoviendo leyes asociadas a la salud pública, y otras como nacionalizaciones de sectores estratégicos. Durante este tiempo, se postularía tres veces a la presidencia: en 1952, 1958 y 1964. En la primera sacó apenas el 5% de los votos; en la segunda estuvo a menos de tres puntos de superar al candidato vencedor; para su tercera oportunidad, si bien volvió a perder, lo hizo con el 38% de los votantes.

(Foto 2: Allende en su campaña presidencial de 1958).

Mientras su carrera iba en ascenso, la izquierda en la región sufría grandes transformaciones. La experiencia cubana de 1959 había demostrado que, con una revolución armada, se podía alcanzar el socialismo. Esto motivó el surgimiento de numerosos grupos revolucionarios a lo largo del continente, que buscaban imponer su sistema por fuera de los canales legales. Chile no fue la excepción y, dentro de sus fronteras, surgieron agrupaciones como el MIR1. 

Pese a que, décadas atrás, Allende había participado en milicias socialistas, tantos años de política lo habían dotado de un perfil más institucional que difería del de muchos de sus colegas. Bajo el refrán de “revolución con empanadas y vino tinto”2, él veía a la democracia, las leyes y las instituciones como un camino posible para alcanzar el socialismo. De todos modos, eso no le impidió viajar a la Cuba revolucionaria y forjar un vínculo con figuras como Fidel Castro y el “Che” Guevara.

Para las elecciones de 1970, la izquierda -desde socialdemócratas hasta comunistas- se unieron bajo el sello de Unidad Popular (UP). Si bien los grupos armados quedaron fuera de la coalición, la apoyaron durante la campaña. Con tantas diferencias al interior, no les fue fácil acordar un líder. Allende era mirado de reojo por varios sectores, pero al ser una figura experimentada y de consenso, fue elegido como el candidato. 

Con casi 62 años, y luego de una vida dedicada a la política, buscaba finalmente llegar al Palacio de la Moneda3.

El apogeo

La campaña se polarizó rápidamente y se partió en tres sectores: la UP, la Democracia Cristiana, y la derecha. Con un electorado que reclamaba reformas profundas, las ideas radicales y acusaciones mutuas estuvieron a la orden del día. A fin de evitar problemas, la coalición de izquierda acordó con los movimientos armados para que estos últimos interrumpieran la violencia momentáneamente.

(Foto 3: Allende dando un discurso en un evento de Unidad Popular).

Los resultados de la elección expusieron la enorme polarización del momento: la UP salió primera con el 36% de los votos, seguida de la derecha con 34.9%, y la Democracia Cristiana con 28%. Como ninguno obtuvo mayoría absoluta, el congreso debía dirimir al ganador. Fueron semanas de mucha negociación, operaciones cruzadas e intervenciones de la CIA para evitar el nombramiento de Allende. El momento más tenso fue el asesinato del comandante en jefe del ejército, el constitucionalista René Schneider, por parte de sectores golpistas dentro de las Fuerzas Armadas que se oponían a un gobierno de la UP. 

A finales de octubre, tras pactar con los democristianos, Allende se convirtió en el presidente de Chile, asumiendo el 3 de noviembre. Se encontraba con un país muy desigual, que pocos años antes había comenzado a implementar políticas sociales. El nuevo mandatario tenía la difícil tarea de llevar a cabo sus ambiciosas reformas por la vía democrática. No era algo sencillo, ya que había ganado con poco más de un tercio de los votos, no tenía muchos legisladores en el congreso, y dependía de acuerdos con otros sectores para lograr gobernabilidad.

(Foto 4: Allende con su gabinete. Su gobierno incluía sectores muy diversos, desde comunistas hasta socialdemócratas. También había ministros con orígenes obreros y sindicales).

De todos modos, eso no le impidió arrancar con medidas fuertes. Amplió la participación estatal en sectores estratégicos, profundizó la reforma agraria que había arrancado en el gobierno anterior, aseguró medio litro de leche para todos los niños del país, y nacionalizó el cobre. Esto último, a pesar de contar con el apoyo de buena parte de los chilenos, lo enfrentó a empresas norteamericanas y aumentó la tensión con Washington. También impuso controles de precios y aumentos salariales. Otra de sus medidas polémicas, fueron los indultos a guerrilleros de izquierda. En política exterior, se acercó a la URSS, China, Cuba, y a otros países del sur global. La visita de Fidel Castro en noviembre de 1971 resultó un hecho de suma relevancia, que conmovió a la opinión pública a ambos lados del espectro.

(Foto 5: Allende con Fidel Castro. Su relación con el líder cubano fue uno de los aspectos más polémicos de su presidencia. A muchos no les agradaba ver al presidente al lado de un dictador).

Más allá de las polémicas, su primer año de gobierno fue estable. El consumo creció, la economía se expandió, el desempleo cayó, y las clases bajas vieron mejoras en su calidad de vida. Esto le permitió al oficialismo revalidar su victoria en las elecciones locales de abril de 1971 con el 50% de los votos. En un inicio, todo parecía ir muy bien. 

Sin embargo, esos éxitos durarían menos de lo esperado.

El declive

Pese a su impulso inicial, la economía empezó a decaer a partir de 1971. La inflación que era del 22% en 1971, creció hasta el 260% al año siguiente. A su vez, los controles de precios y otras intervenciones provocaron una fuerte caída de la inversión y productividad. Hubo desabastecimiento -agravado también por sectores de la oposición- y un crecimiento del mercado negro. Para empeorar la situación, Chile no tenía acceso al crédito internacional por su distanciamiento con Estados Unidos.

(Foto 6: Personas haciendo fila para conseguir alimentos. Las estrictas intervenciones estatales, sumado a algunas acciones opositoras, provocaron un fuerte desabastecimiento).

La mala situación económica contribuyó a que la polarización, que ya era alta antes de Allende, creciera a niveles peligrosos. Ambos lados del espectro exacerbaron un debate que había pasado a ser existencial. Los grupos radicales de izquierda causaban caos -principalmente en zonas rurales-, y la oposición se movilizaba cada vez más en contra del gobierno. La Democracia Cristiana, que ejercía un papel mediador desde el centro, comenzó a dividirse entre quienes estaban dispuestos a pactar con el oficialismo, y quienes se sumaban a las filas de una oposición cada vez más radicalizada. 

Allende, que tenía cada vez más problemas para lidiar con la situación, debía enfrentar también las fuertes divisiones al interior de la UP. Los sectores más extremistas estaban frustrados por su pasividad para hacerle frente a los desafíos, y reclamaban una actitud más combativa y contundente. Otros, entre los que se encontraba el presidente, todavía defendían la negociación y la vía institucional.

Ese estilo negociador, que lo había convertido en un parlamentario experimentado y un eficaz candidato, estaba resultando incapaz para contener los desbordes a ambos lados del espectro. Ahora se encontraba en una posición incómoda donde no podía romper con sus bases, pero tampoco conseguir apoyos por fuera de la coalición.

Sin embargo, la gran pregunta era: ¿Se podía llevar a cabo un programa tan rupturista y radical con los medios institucionales con los que disponía Allende? Para él, sí. Para otros, no.

Para 1972, la política se encontraba paralizada. Allende era lo suficientemente fuerte para defenderse de los embates de la oposición, pero tampoco tenía la fuerza para imponer su programa. La situación era un círculo vicioso, donde la economía en decadencia y la polarización se retroalimentaban mutuamente. Por su parte, la administración Nixon de Estados Unidos intervenía, con financiamiento y presiones diplomáticas, para desestabilizar al gobierno.

Así llegó Chile a 1973.

Aunque la UP ganó las elecciones legislativas de marzo, no le alcanzó para romper el bloqueo en el Congreso ni para calmar las divisiones sociales. Por su lado, la inflación crecía exponencialmente y las dificultades eran cada vez mayores. En junio, un sector de las Fuerzas Armadas abandonó la constitucionalidad para realizar un alzamiento militar, que fue sofocado por el jefe del ejército, Carlos Prats. Sin embargo, las divisiones al interior del ejército hicieron renunciar al propio Prats meses después. Allende lo reemplazó por un general al que veía con un perfil constitucionalista y profesional: Augusto Pinochet.

(Foto 7: Allende con Augusto Pinochet).

Esta dinámica tóxica siguió creciendo, hasta que Allende se quedó sólo. Abandonado por una parte de su coalición, frente a una oposición muy activa en su contra, y con un parlamento bloqueado e incapaz de aprobar cualquier legislación. Para destrabar la situación involucrando a la sociedad, el presidente decidió convocar un plebiscito. Su idea era anunciarlo públicamente el 11 de septiembre. 

Nunca llegaría a hacerlo. 

Los militares se organizaron antes, y realizaron un golpe de Estado esa madrugada. Durante esas horas, La Moneda sufrió un duro asedio por parte de las fuerzas armadas. Para defender la legalidad de su cargo, el presidente se trasladó hacia el palacio, rechazando las ofertas de rendición o exilio.

(Foto 8: El palacio de La Moneda siendo asediado por las Fuerzas Armadas, durante el golpe del 11 de septiembre de 1973).

Cuando fue evidente que la derrota era irreversible, Allende dirigió su último mensaje al país a través de Radio Magallanes -de las pocas radios oficialistas que no habían sido atacadas por la fuerza aérea- donde denunció la traición militar, se despidió de la ciudadanía y reafirmó sus convicciones. Dispuesto a no interrumpir el mandato que había recibido de la ciudadanía, dijo que iba a “pagar con su vida la lealtad del pueblo”4. 

Pocas horas después, se encerró en una de las habitaciones de La Moneda, tomó el fusil que le había regalado Fidel Castro, y se suicidó.

El legado

Después del golpe, empezó la dictadura de Augusto Pinochet que duraría hasta 1990. Durante esos diecisiete años, la figura de Allende sería muy descalificada por el aparato comunicacional del régimen. Su entierro se hizo de forma restringida, sin acceso de sus familiares más íntimos. Recién con la vuelta de la democracia, se le rindieron tributos de Estado y se realizó una investigación más profunda de su muerte.

En la actualidad, su recuerdo sigue polarizando a los chilenos. Sus críticos lo acusan de, entre otras cosas, haber provocado una gran crisis económica por culpa de sus políticas estatistas. Por su parte, quienes lo reivindican destacan su respeto por las instituciones y las reglas democráticas, y el haber tenido la intención de construir un país más justo. Más allá del debate, se convirtió en una figura ampliamente reconocida fuera de Chile. Tanto, que en la actualidad hay más de cien ciudades en el mundo con alguna calle que lleva su nombre. 

Salvador Allende es una de esas personas que, a pesar del paso del tiempo, sigue generando opiniones y sentimientos encontrados.

Quiero agradecer al querido Rafael Egaña, cuyo aporte fue muy importante para la escritura de este artículo.

Autor: Juan Cruz Tonelli

Notas:

1: Movimiento de Izquierda Revolucionaria

2: “Revolución con empanada y vino tinto” fue una expresión utilizada por el propio Allende, para referirse a su plan para llegar al socialismo. La idea era presentar una “revolución” propia de Chile, diferente a las revoluciones cubana o rusa, haciendo alusión a dos elementos propios de la cultura chilena (las empanadas y el vino tinto.

3: Palacio presidencial chileno

4: Cita textual del último discurso de Salvador Allende como presidente de Chile.

Fuentes:

Mario Amorós (2019): “Allende. La biografía”

Tanya Harmer (2011): “Allende´s Chile and the Inter-American Cold War”

La Nueva Enciclopedia (2023): “Salvador Allende: El primer socialista electo” (link YouTube)

Arturo Valenzuela Bowie (1978): “El quiebre de la democracia en Chile”

Último discurso de Salvador Allende como presidente de Chile (link transcripción)

Imágenes:

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Juan Cruz Tonelli es autor y columnista de Diario Confluencia, donde desarrolla "Personas detrás de la Historia", un espacio dedicado a explorar personajes, acontecimientos y procesos históricos que ayudan a comprender el presente. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Torcuato Di Tella. Fue asistente del consultor de alta dirección Alberto Lederman y desarrolló experiencia profesional en redes sociales e inteligencia artificial. Actualmente cursa una Maestría en Periodismo en la Escuela de Unidad Editorial, en Madrid. En Diario Confluencia aporta una mirada histórica y narrativa, recuperando episodios y protagonistas del pasado para analizar las historias que nos trajeron hasta la actualidad.
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