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Arteba 2026: el regreso a La Rural y cinco jornadas de arte, mercado e intercambio internacional

Entre el 28 de octubre y el 1 de noviembre, la feria celebró sus 35 años en La Rural y reunió a más de 41.000 personas. Participaron 69 galerías y más de 400 artistas. El balance final marcó un récord en adquisiciones institucionales: 26 museos y fundaciones incorporaron 55 obras a sus colecciones, mientras que la agenda internacional convocó a curadores, directores de museos y profesionales de distintos países.

El regreso de Arteba a La Rural fue uno de los rasgos distintivos de su 35.ª edición. La feria volvió al predio que forma parte de su historia y recuperó una escala que favoreció tanto la presentación de las obras como la circulación del público.

Durante cinco jornadas, entre el 28 de octubre y el 1 de noviembre, la feria reunió a más de 41.000 personas. En el año en que Fundación Arteba celebró 35 años de actividad, participaron 69 galerías y más de 400 artistas, con propuestas de diez países. La edición se organizó en tres grandes secciones —Principal, Utopía y Zona de Diálogo Internacional— y ocupó el Pabellón Amarillo de La Rural, con una superficie aproximada de 11.000 metros cuadrados.

La convocatoria reunió a galeristas, artistas, coleccionistas, curadores, directores de museos, representantes institucionales y visitantes interesados en el arte contemporáneo. Pero el regreso no fue solamente una cuestión de sede: también permitió observar cómo la feria organizó sus espacios, articuló sus programas y conectó la producción artística local con otros circuitos.

Arteba volvió a La Rural para celebrar su 35.ª edición, con 69 galerías y más de 400 artistas de diez países.

Arquitectura pensada para la circulación

Uno de los aspectos destacados de esta edición fue el diseño espacial. La organización de los recorridos a partir de diagonales favoreció una circulación más fluida y permitió ampliar las visuales entre los stands. Desde distintos puntos del pabellón era posible descubrir obras y galerías que, en una disposición más rígida, habrían quedado fuera del campo de visión.

La puesta estuvo a cargo del arquitecto Horacio Torcello, junto con Julia Derluk y Facundo Cruz. La iluminación, la panelería y la escala del pabellón acompañaron esa propuesta, que evitó la saturación visual y dio mayor protagonismo a las obras. La altura disponible también contribuyó a generar una percepción más abierta del conjunto.

Otra decisión fue integrar las galerías internacionales, Utopía y los distintos sectores sin establecer fronteras demasiado rígidas. Esa convivencia permitió que las propuestas se relacionaran dentro de un mismo recorrido. El sector editorial también tuvo una presencia destacada, con espacios dedicados a publicaciones y entrevistas, entre ellos el de El Ojo del Arte, donde María Paula Zacharías desarrolló una agenda de conversaciones con artistas y referentes del sector.

La presencia de las marcas patrocinadoras, por su parte, fue más medida. Los espacios de los sponsors acompañaron la experiencia sin competir visualmente con las obras, una decisión que contribuyó a mantener la identidad cultural de la feria.

El diseño espacial, a cargo de Horacio Torcello, Julia Derluk y Facundo Cruz, propuso recorridos diagonales y amplió las visuales entre las galerías.

El mercado: ventas, coleccionismo y nuevas adquisiciones

Una feria de arte también es un espacio de intercambio económico. Las jornadas de preapertura permitieron observar las primeras operaciones, las consultas de compradores y las negociaciones entre galeristas y coleccionistas. La actividad comercial tuvo distintos ritmos, pero ocupó un lugar central a lo largo de la edición.

Uno de los acontecimientos más resonantes llegó desde Roldán Moderno. Breve historia de Emma, el conjunto de 34 grabados de Lino Enea Spilimbergo realizado a mediados de la década de 1930, se ofrecía inicialmente por un millón de dólares y finalmente se vendió por 900.000 dólares, después de una puja entre tres coleccionistas. El comprador, argentino, solicitó mantener su identidad en reserva.

La serie, de fuerte contenido erótico y narrativo, recupera la historia de Emma, un personaje ficticio vinculado al mundo de la prostitución. Su venta se convirtió en una de las operaciones más relevantes de Arteba 2026 y volvió a poner en evidencia el interés por piezas históricas de la producción artística nacional.

Pero el movimiento del mercado no se limitó a las operaciones privadas. El Programa de Adquisiciones institucionales volvió a mostrar el papel de los museos y las colecciones públicas en la incorporación de obras a sus acervos. En su edición número 21, el programa alcanzó un récord: 26 museos y fundaciones —diez de ellos internacionales— adquirieron un total de 55 obras para sus colecciones patrimoniales. Desde su creación, la iniciativa permitió que 491 obras ingresaran en colecciones públicas y privadas.

El Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, que celebró sus 70 años, anunció la incorporación de diez obras. Entre ellas se encuentran Jarras, de Benjamín y Felipe Álvarez, adquirida a La Mesa Galería; El más querido (variación II), de Carolina Antich, de María Casado Galería; un collage de Sofía Castro, presentado por Valerie’s Factory; Living-comedor, de Víctor Florido, de Linse; Sol flor, de Itamar Hartavi, de Remota; el video Ya me disfracé de estrella asesinada, de Tomás Maglione, de Ruth Benzacar; Jitter, de Jimena Travaglio, de El Mirador; Tercera persona, de Juan Valenti, de Constitución; una pintura de Paola Vega, de Calvaresi; y Claroscuro, de Gal Vukusich, de OHNO.

Las adquisiciones fueron posibles a través del Programa Matching Funds de Fundación Arteba, el Comité de Adquisiciones del Moderno, la Asociación Amigos del Museo y aportes privados. Con estas incorporaciones, el museo sumó diez piezas a un acervo que alcanza las 8.204 obras. En el año de su aniversario, la ampliación de la colección adquirió un significado especial: implicó incorporar nuevas producciones y contribuir a la construcción de los relatos que el patrimonio público conservará y pondrá en circulación.

También hubo incorporaciones en otras instituciones. El Museo Nacional de Bellas Artes adquirió Pink Ashes, de Matías Duville, presentada por Barro. La Fundación Federico Jorge Klemm sumó una obra de Flavia Da Rin, de Tomás Redrado Art, y un collage de Rosana Schoijett, de Nora Fisch. La Fundación Cervieri Monsuárez, de Uruguay, incorporó obras de Ernesto Vila, Liliana Porter y Gracia Cutuli.

Por su parte, el Museo Castagnino + macro adquirió un video de Lulo Demarco sobre los espacios independientes fundados y gestionados por Fernanda Laguna, presentado por Nora Fisch. La Colección Balanz incorporó una escultura de Sandro Pereira, presentada por The White Lodge.

Entre las instituciones que participaron de este movimiento también estuvieron el Museo de Arte Contemporáneo de Salta, el Museo Provincial de Bellas Artes Franklin Rawson de San Juan, el Museo Rosa Galisteo de Rodríguez de Santa Fe, el Museo Provincial de las Artes Emilio Pettoruti de La Plata, el MACBA, el MALBA y el Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo, además de Fundación Tres Pinos y otras colecciones públicas y privadas.

En paralelo, las galerías registraron operaciones de distinta escala. Santiago Gasquet, de Galería Piedras, confirmó la venta de una obra de Becardino, tres ediciones de fotografías de Joaquín Aras —vendidas en un solo día— y pinturas de Sonia Ruiz. También se concretaron ventas de piezas de joyería de Jimena Croceri y de sus dibujos realizados con agua, además de obras de Josefina Labourt. Estos resultados permiten observar la diversidad de propuestas que encontraron compradores durante la feria, desde fotografía y pintura hasta prácticas que cruzan arte y diseño.

Cada adquisición implica algo más que una operación comercial. Cuando una obra ingresa a un museo, cambia de contexto: pasa a formar parte de un patrimonio compartido, queda disponible para la investigación y puede establecer nuevas relaciones con otros artistas, períodos y públicos. En ese proceso, las galerías cumplen una función decisiva como vínculo entre artistas, instituciones y coleccionistas.

Una feria en movimiento: la rotación de obras

Otra modalidad que se destacó fue la rotación de obras durante los días de feria. Algunas galerías prepararon nuevas propuestas para las jornadas siguientes. Piedras, Mostra, de Rosario, y CasaProyecto Galería estuvieron entre los espacios que renovaron sus presentaciones.

En el caso de De Sousa, la dinámica fue especialmente visible: la galería incorporaba obras nuevas sobre la marcha, de modo que el montaje podía cambiar en cuestión de horas. Bastaba regresar después de un par de horas para encontrar cuadros diferentes en las paredes. Esa renovación constante convirtió al stand en un espacio en movimiento, donde la propuesta se actualizaba durante el desarrollo mismo de la feria.

La iniciativa permitió que Arteba no permaneciera idéntica durante toda su duración. Para quienes regresaron a La Rural, la posibilidad de encontrar nuevas obras modificó la experiencia de visita. Para las galerías, representó una oportunidad de renovar la presentación y dar visibilidad a otros artistas y trabajos.

La actividad comercial de una feria se construye a partir de operaciones de distinta escala. Conviven las grandes adquisiciones institucionales, las compras de coleccionistas consolidados y las primeras incorporaciones de quienes comienzan a formar una colección. En esa diversidad se sostiene buena parte del ecosistema de galerías y artistas.

Una agenda internacional que se extendió por Buenos Aires

La proyección de Arteba también se construyó fuera de los pabellones. Como parte de su programación, la feria organizó actividades especiales para coleccionistas, curadores y visitantes VIP que llegaron desde distintos países, entre ellos España, Francia, Estados Unidos, Chile y España. La agenda incluyó visitas privadas a exposiciones, encuentros con artistas y directores de galerías, recorridos por colecciones particulares y visitas a talleres.

La agenda internacional registró la llegada de 27 invitados destacados, entre curadores y directores de museos. A ellos se sumaron más de 100 profesionales y coleccionistas provenientes de distintos puntos del mundo. Entre los invitados estuvo Suset Sánchez, responsable de la Colección de Arte Latinoamericano del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, de Madrid. También participaron referentes del MACBA de Barcelona, el Museum of Contemporary Art de Chicago, el Phoenix Art Museum, el LACMA de Los Ángeles y el Solomon R. Guggenheim Museum de Nueva York.

La Zona de Diálogo Internacional llevó parte de esas conversaciones al Museo Sívori, con una programación coordinada por Aimé Iglesias Lukin, directora y curadora en jefe de Artes Visuales de Americas Society, y Francisco Lemus, historiador del arte y curador independiente.

Entre los encuentros se destacó el dedicado a las prácticas curatoriales en las Américas, con la participación de Marielsa Castro Vizcarra, del Museo de Arte Moderno de Medellín; Cuauhtémoc Medina, investigador de la UNAM; y Pollyana Quintella, de la Pinacoteca de San Pablo. Otro panel abordó el coleccionismo público y privado de arte latinoamericano, con Suset Sánchez, Claudia Segura, del MACBA, y Magnolia de la Garza, directora adjunta de la Colección Isabel & Agustín Coppel, bajo la moderación de Lemus.

La Zona de Diálogo Internacional también contó con la participación de 3+1 Arte Contemporânea, de Lisboa; Cecilia Brunson Projects, de Londres; Galerie Jocelyn Wolff, de París; y Galería Vermelho, de San Pablo. La presencia de estos espacios sumó otra dimensión al intercambio entre escenas artísticas y permitió ampliar las conversaciones sobre circulación, representación y coleccionismo.

La programación incluyó además el Espacio Andreani, que por quinto año consecutivo presentó un proyecto artístico y curatorial de sitio específico. En esta ocasión, Eva Moro Cafiero, representada por Galería NN, desarrolló Mareo de gemas, miedos de crepúsculo, una obra de gran formato con curaduría de Sofía Dourron que exploró los vínculos entre plantas, máquinas y paisajes.

Eva Moro Cafiero presentó “Mareo de gemas, miedos de crepúsculo”, una instalación de sitio específico con curaduría de Sofía Dourron.

Nuevos públicos y acceso al coleccionismo

La formación de nuevos públicos y la posibilidad de acercarse a la primera compra también estuvieron presentes en la programación. A través de Mi Primera Obra Santander, se ofrecieron trabajos seleccionados de hasta 3.000 dólares, con facilidades de pago, para quienes buscaban dar sus primeros pasos en el mercado del arte.

La iniciativa planteó una cuestión relevante para el desarrollo del sector: cómo convertir el interés que despierta una feria en una relación sostenida con el arte y en nuevas experiencias de coleccionismo. La incorporación de compradores que no pertenecen al circuito tradicional puede ampliar las posibilidades de circulación de las obras y fortalecer el vínculo entre galerías y públicos.

En esa misma línea, la feria contempló recorridos accesibles para personas con discapacidad y actividades destinadas a chicos de entre 5 y 12 años. La propuesta buscó ampliar la experiencia más allá del público especializado y acercar el arte a visitantes de distintas edades e intereses.

La dimensión social de una feria

El movimiento de Arteba también tuvo una dimensión social y cultural que excedió las transacciones comerciales. Durante las jornadas hubo manifestaciones y situaciones inesperadas que formaron parte de la vida de la feria, mientras que la presencia de galerías de larga trayectoria y espacios independientes volvió a mostrar la diversidad de la escena argentina.

En el recorrido estuvieron presentes Roldán Moderno, Pasto, El Mirador, Ruth Benzacar, Del Infinito, Barro, Grasa, Constitución, W, MC Galería, Nora Fisch, De Sousa y The White Lodge, entre muchas otras. Una convivencia de generaciones, lenguajes y escalas de mercado que dio cuenta de la amplitud de la producción contemporánea.

En el marco de sus 35 años, Fundación Arteba volvió a reunir a un ecosistema que trabaja durante todo el año. Detrás de la feria hubo una tarea sostenida de organización, producción y articulación institucional. La inauguración estuvo encabezada por Larisa Andreani, presidenta de Fundación Arteba, y Federico Braun, vicepresidente, junto a representantes de Santander, patrocinador principal de esta edición.

La propuesta gastronómica también incorporó una dimensión comunitaria. El comedor de Belleza y Felicidad Fiorito articuló su participación con una iniciativa solidaria: por cada plato vendido en la feria, se financió otro para el barrio de Fiorito. Una acción que vinculó la actividad de La Rural con una comunidad situada fuera de sus pabellones.

Más allá de las ventas, Arteba reunió a artistas, galeristas, coleccionistas y nuevos públicos en una edición atravesada por el intercambio y la diversidad de propuestas.

Fortaleciendo el mercado internacional

Las cifras difundidas al cierre por Fundación Arteba confirmaron la dimensión alcanzada por esta edición. Más de 41.000 personas recorrieron la feria durante las cinco jornadas, en un encuentro que combinó una intensa actividad comercial con una participación institucional sin precedentes para el Programa de Adquisiciones.

El dato más significativo fue la incorporación de 55 obras a las colecciones patrimoniales de 26 museos y fundaciones, diez de ellas internacionales. En sus 21 años de trayectoria, el programa acumuló 491 obras adquiridas por instituciones públicas y privadas. La continuidad de esta iniciativa permite dimensionar el papel que puede desempeñar una feria en la construcción de patrimonio y en la circulación de la producción artística.

La presencia de 27 invitados internacionales —entre curadores y directores de museos— y de más de 100 profesionales y coleccionistas de distintas procedencias también dio cuenta de la proyección que alcanzó la convocatoria. Estos encuentros no se agotan en los días de feria: abren posibilidades de intercambio, investigación, representación y futuras colaboraciones para artistas, galerías e instituciones.

Una plataforma para el arte argentino

El regreso a La Rural, las adquisiciones institucionales, las operaciones comerciales y la agenda internacional permitieron observar las distintas dimensiones que convivieron en Arteba. La feria funcionó como espacio de exhibición y mercado, pero también como plataforma de encuentro entre artistas, galeristas, coleccionistas, museos y profesionales de distintas geografías.

La participación de instituciones internacionales y la incorporación de obras a colecciones públicas representaron oportunidades concretas para ampliar la circulación del arte argentino. A la vez, la continuidad de esos vínculos, la llegada de nuevos compradores y el fortalecimiento de las galerías siguen siendo parte de los desafíos que acompañan el crecimiento del sector.

Después de 35 ediciones, Arteba conservó un lugar central en el calendario cultural argentino. Su regreso a La Rural recuperó una sede histórica y permitió desplegar una propuesta que combinó mercado, patrimonio, formación de públicos e intercambio profesional.

Con la feria ya concluida, las obras comenzaron a encontrar nuevos destinos, los visitantes regresaron a sus ciudades y los pabellones recuperaron su ritmo habitual. Sin embargo, las relaciones construidas durante esos días continúan: en las colecciones que incorporaron nuevas piezas, en las galerías que sostienen el trabajo con sus artistas y en los proyectos que nacieron de los encuentros. Allí también se mide el alcance de una feria: en lo que logra activar más allá de sus puertas.

Fundación Arteba anunció que la próxima edición se realizará del 8 al 12 de septiembre de 2027, nuevamente en La Rural.

Registro fotográfico: Gabriel Altamirano – Gentileza Prensa Arteba y Museo Moderno.

Redactor | Enviado especial | Lic. en Turismo y Gestión Hotelera (USAL) – 2004 Gastón Fournier es gestor cultural, curador y cronista especializado en nuevas tendencias. Su trabajo cruza arte, cultura, turismo, hospitalidad y branding con una mirada sobre ferias y eventos como espacios donde se revelan los cambios de una sociedad: nuevas industrias, nuevas experiencias, nuevas formas de vincularnos y nuevos escenarios para el futuro. Su práctica parte de una convicción: toda experiencia -ya sea una exposición, un hotel, un destino o una publicación- puede convertirse en un espacio de encuentro cuando existe una narrativa capaz de darle sentido.
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