Hay trayectorias que no se cuentan: se sienten. La de Osvaldo Brandan es una de ellas. Con más de cinco décadas dedicadas a la música, a la percusión y a la enseñanza de la ritmología árabe en América, su nombre se volvió referencia dentro y fuera del país. Pero en esta ocasión, lejos de los escenarios y los reconocimientos, se abre a otro registro. En un espacio íntimo al que accedió Diario Confluencia para la sección «Exclusivas DC«, Brandan repasó su historia desde un lugar más personal: el del tiempo vivido, el aprendizaje y el sentido de haber elegido -y sostenido- un camino.
Desde aquel primer escenario en la infancia, cuando el sonido del bombo legüero marcó algo más que un inicio, hasta los años de recorrido por distintos países y culturas, su historia no se construyó en línea recta, sino en capas. Su encuentro con el Derbake, su desarrollo, cada viaje y cada encuentro fue dejando una huella que hoy no aparece como recuerdo aislado, sino como parte de un todo. En ese entramado, la música dejó de ser solo interpretación para convertirse en una forma de entender el mundo, de habitarlo y de transmitirlo.
Nacido en la ciudad de Buenos Aires, Osvaldo Brandan mostró desde muy pequeño una conexión natural con la música: a los cinco años ya pisaba un escenario con un bombo legüero, y a los once formaba su primer grupo folklórico. Su recorrido lo llevó desde la música moderna -donde incluso grabó sus primeras composiciones en el sello EMI Odeon- hasta un punto de inflexión clave en 1974, cuando tomó contacto por primera vez con el derbake en un restaurante árabe. A partir de allí, comenzó un camino que lo convertiría en uno de los pioneros de la percusión árabe en Argentina y América, integrando durante décadas la orquesta de Mario Kirlis y acompañando a reconocidos artistas y bailarines de la escena internacional. Su trayectoria incluye presentaciones en numerosos países y escenarios, así como un profundo trabajo en la difusión, enseñanza y desarrollo de la ritmología árabe, disciplina de la que es referente indiscutido en la región.

“Me acuerdo que el primer tema que toqué en mi vida fue ‘La chica de Alejandría’, famoso en todo el mundo, Banat Iskandaria. Una vez que empecé a tocarlo, a escuchar lo que cantaban y ver a las bailarinas, ahí empezó a gustarme el instrumento”, recuerda.
Osvaldo, el «Beryewe» Brandan
Ese primer vínculo no fue técnico, fue sensorial. Algo que apareció desde la escucha, desde la observación, desde un modo casi intuitivo de acercarse a la música.
Cuando se le pregunta qué encontró en el derbake que no había en otros instrumentos, la respuesta no pasa por la teoría, sino por la experiencia. “Se tocaba distinto a los demás. Yo no tuve maestro. Yo digo que soy como el huevo y la gallina… ¿quién existió primero?”, dice entre risas.
Y en ese aprendizaje autodidacta, marcado por la observación y la repetición –como ocurre en muchas tradiciones árabes– fue construyendo su propio lenguaje. Un camino que no tuvo manuales, pero sí tiempo, escucha y persistencia.
«El derbake es un instrumento como el tabla indio, que se enseña de generación en generación; lo mismo pasa en los países árabes. O sea, el chico mira, toca, el padre le enseña, el tío le enseña… Es lo que pasa aquí en Santiago del Estero por ejemplo, que todos los chicos, desde chiquitos, los escuchas tocar el bombo y no tenés más ganas de tocar», dice entre risas. «Nacen con eso», explica.
Ese recorrido lo llevó también a ocupar un lugar pionero en la Argentina, en un momento en el que era prácticamente desconocido. «La gente me veía llegar y me preguntaba… nadie lo conocía. Yo fui uno de los primeros en andar con este instrumento en las manos«, cuenta.
Sin formación previa como docente, empezó a enseñar casi por necesidad, mientras al mismo tiempo se formaba a sí mismo. “Se acercaban para preguntarme si les enseñaba; yo no había dado clases anteriormente. Así que me tuve que hacer solo. Vi técnicas, otros tipos de derbakes, me costó mucho, muchos años de mi vida. Pero después una que le agarré la mano, me fui animando. Nunca pensé que estaba abriendo un camino. Sinceramente, me fui puliendo… empecé a tener alumnos, a enseñar los ritmos, en fin…», recuerda el percusionista.
Con el tiempo, ese proceso tomó otra dimensión: “Hoy toda esta movida que hay… la mayoría nos debe a nosotros, a los que fuimos los primeros en difundir esta música”. Y en ese recorrido, no solo enseñó ritmos: enseñó cultura. “No es solo ritmología… que, dicho sea de paso, esa palabra la inventé yo”, agrega, entre orgullo y simpleza.
Hoy, después de más de 50 años de trayectoria, su mirada está puesta en otro lugar. “Siento que llegué a mis sueños, a mis metas. Pude viajar, conocer el mundo gracias a la música. Me dediqué de lleno, como intérprete y como maestro”, dice.
Ya sin la intensidad de otros tiempos, aparece una forma distinta de habitar lo recorrido: la de convivir con los recuerdos, con la evolución de un camino que empezó sin guía y se fue construyendo con los años. “Lo más lindo de todo es que pude aprender a enseñar. Porque eso es difícil. Nadie te enseña a enseñar… mis mejores profesores fueron mis alumnos”.
En este presente, donde el tiempo deja otra marca, también aparece la continuidad. No solo en lo aprendido, sino en lo que queda: «Hoy cambió mucho las técnicas, se toca de otra manera. Usan la técnica turca. Hay que tener mucha más agilidad en los dedos. Yo me quedé con la técnica árabe», explica el «Beryewe«, quien al mismo tiempo expresa con orgullo:
«Mi hijo hoy en día es uno de los mejores, acá en Argentina y no sé si ¡de todo el mundo! Hoy está viajando… estoy contento porque con él queda un legado mío».
Y al mismo tiempo, Osvaldo Brandan observa cómo la música sigue transformándose y el derbake, instrumento ancestral, empieza a aparecer en nuevas escenas, en otros géneros, en otros sonidos. “Son sonidos de miles de años que hoy suenan en lo moderno… y quedan muy bonitos”.
«En la música hoy ocupa un lugar muy importante, porque el derbake lo están usando mucho en la música moderna. Hay orquestas que incorporan el sonido, sobre todo del derbake».
Osvaldo Brandan
Entre otras cosas, el músico y profesor recuerda: «Yo tuve alumnos como el baterista de Las Pelotas, que él aprendió conmigo los primeros golpes; o el percusionista de Diego Torres; y ellos también incorporan en algunas canciones y shows, el derbake».
A lo largo de ese recorrido, su trabajo fue acompañado también por el reconocimiento de la escena artística y cultural. En 1994 fue nominado al premio Estrella de Mar por uno de sus espectáculos musicales en Mar del Plata, y en 2004 recibió en Ciudad de México el Premio Internacional “Laurel de Oro a la Calidad”, convirtiéndose en el único músico argentino distinguido como solista en ese ámbito. Años más tarde, en 2009, fue reconocido con el Premio Amir Thaleb a la trayectoria, y su labor como formador llevó a que su Profesorado en Ritmología y Cultura Árabe fuera declarado de interés cultural y municipal en distintas ciudades del país. Ya en tiempos recientes, su historia fue celebrada con distinciones por sus 50 años de trayectoria artística, entre ellas el Premio Nacional “Gaviota de Plata” en 2024, en un reconocimiento que no solo pone en valor su recorrido, sino también la huella que dejó en generaciones de músicos y bailarines.
En esa mezcla entre lo antiguo y lo nuevo, entre lo aprendido y lo transmitido, su historia encuentra una forma de seguir sonando. Tal vez por eso, más allá de los escenarios, los viajes o los reconocimientos, lo que queda no es solo la música, sino el tiempo que se le entregó.
En sus manos –marcadas por años de ritmo, de búsqueda y de transmisión– hay algo que no se aprende en libros ni se mide en técnica: una forma de escuchar antes de tocar. Y en ese gesto, casi invisible pero persistente, su historia sigue latiendo. No como pasado, sino como un pulso que todavía encuentra dónde quedarse.