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«La mujer que gobernó al mundo»

Augusto gobernaba al mundo, pero Livia gobernaba a Augusto

Esta frase, de la novela “Yo Claudio” (1934) de Robert Graves, sintetiza muy bien la siguiente historia. La de una mujer que, a casi dos mil años de su muerte, sigue siendo objeto de interés y controversia. Desde un lugar aparentemente secundario, llegó a la cima del poder romano y dirigió los destinos del imperio más poderoso de su tiempo. 

Livia Drusila no fue solamente la esposa del emperador Augusto. Fue protagonista de uno de los periodos más importantes de la antigua Roma.

El inicio

Nació -probablemente- el 30 de enero del año 58 a.C., producto del matrimonio entre Marco Livio Druso Claudiano y Alfidia. Su linaje la conectaba con dos apellidos de mucho renombre en la aristocracia: por sangre con los Claudios y por adopción con los Livios. Se crió en un entorno rígido y disciplinado, donde recibió una educación muy avanzada para la época, especialmente tratándose de una mujer. Aprendió latín, griego y artes domésticas, al tiempo que desarrolló una agudeza intelectual que llamaba la atención de quienes la rodeaban.

Su juventud coincidió con uno de los periodos más complejos de la historia romana. El asesinato de Julio César, en el 44 a.C., había abierto una etapa de violencia e inestabilidad que puso en jaque las instituciones establecidas. La política se dividió entre republicanos y cesarianos, quienes se enfrentaron en la tercera guerra civil de la república. En un contexto así, apostar al bando perdedor podía ser una decisión fatal. Livia lo aprendió en carne propia, porque tanto su padre como su primer esposo, Tiberio Claudio Nerón, se aliaron con los republicanos quienes serían derrotados. Eso la obligó a huir junto con su cónyuge, y a vivir un tiempo como fugitiva en regiones de Italia, Sicilia y Grecia. Su padre no tuvo la misma suerte, y fue forzado a suicidarse.

Para su fortuna, la guerra llegaría a su fin y, en el 39 a.C., pudo regresar a la capital. Fue ahí cuando su vida daría un gran vuelco, cuando conoció a uno de los líderes del bando cesarista: Octavio. Pese a que habían pertenecido a facciones enemigas, quedaron cautivados mutuamente. No importó que ambos ya estuviesen en pareja, y tampoco pesó que Livia estuviera embarazada de su segundo hijo. La afinidad entre los dos fue tal, que cada uno cortó su respectivo matrimonio, para casarse entre sí el 17 de enero del 38 a.C.

Foto 1: Octavio Augusto

El apogeo

Más allá del vínculo sentimental, para Livia fue una “apuesta” exitosa. En los años siguientes, Octavio terminaría de vencer a todos sus rivales y se convertiría en el primer emperador romano, asumiendo el título de Augusto. A partir de ahí, ella se convirtió en su principal socia política. Se trataba de un matrimonio por y para el poder, donde no pesaban tanto las disputas personales o las infidelidades, porque ambos compartían un mismo proyecto político que iba más allá de ellos: el liderazgo de un imperio que debía ser refundado después de años de guerras civiles.

Augusto fue clave para crear el sistema imperial que rigió en Roma hasta su caída en el siglo V d.C. Dentro de ese entramado de gobierno, Livia fue sumamente importante. Su influencia iba más allá de la que cualquier mujer puede tener sobre su esposo, ya que era prácticamente tan decisiva como el propio emperador. Incluso, hay quienes discuten su rol de “socia” y la describen como la persona fuerte de la pareja gobernante. Algunos cronistas relatan que Augusto, antes de mantener conversaciones importantes con ella, anotaba sus pensamientos en un cuaderno con el único fin de medir minuciosamente cada una de sus palabras.

Desde su posición, y gracias a una enorme capacidad y voluntad, construyó una amplia red de contactos e intervino constantemente en los asuntos públicos y políticos. También solía mediar en conflictos dentro de la corte y entre provincias del imperio. Como cualquier jefe de Estado de la época, tenía inmunidad legal y podía decidir quién vivía y quién no. En ocasiones evitó que el Senado condenase a muerte a ciertas personas, y logró que Augusto modificara las administraciones provinciales.

Pero la parte más controversial de Livia fue su aparente intervención en la sucesión de su esposo. Dado que el matrimonio no tuvo descendencia en común, Augusto tuvo que buscar un candidato que asumiera el trono luego de su muerte. Fue acá donde historiadores como Tácito acusaron a la matriarca de operar de todas las formas posibles para que su primer hijo, Tiberio, sea el sucesor. Entre las acusaciones, se encuentran las de tejer alianzas en las sombras, mover voluntades y deshacerse de cualquier obstáculo que se interpusiera en la sucesión que ella quería.

Lo que más alimentó esta teoría, fue que varios aspirantes que competían con Tiberio por la sucesión de Augusto, fueron cayendo poco a poco. El primero fue Marcelo, sobrino y yerno del emperador, que murió joven en el año 23 a.C. víctima de una aparente enfermedad. El siguiente fue Marco Vipsanio Agripa, mano derecha y compañero de armas de Augusto, que falleció en el 12 a.C. Un destino similar corrieron Gayo y Lucio César, hijos de Agripa, a quienes el emperador había adoptado formalmente con la intención de que continuaran la dinastía. Y, pese a no ser una sucesora como tal, la hija natural de Augusto, Julia, fue desterrada por supuesto adulterio. Cada una de estas muertes fue decisiva para que Tiberio se convirtiera en el único sucesor disponible. 

¿Son ciertas estas acusaciones? ¿Livia fue una maligna que hizo y deshizo a su antojo para que su hijo sea emperador? No es fácil responder esas preguntas, porque como todo lo que pasó hace mucho tiempo, es difícil de comprobar. La altísima mortalidad de la época y las campañas militares podrían explicar lo sucedido sin necesidad de recurrir a conspiraciones. De todos modos, lo que sí está bastante probado, es que Livia trabajó para asegurarle el trono a Tiberio. Lo indujo a divorciarse de su esposa para casarse con la hija de Augusto, lo mantuvo dentro de la escena política y convenció al emperador de que lo adoptara como sucesor. Todo con el aparente objetivo de mantener su poder, aún cuando su esposo muriera.

Sus planes se cumplieron cuando, tras la muerte de Augusto en el 14 d.C, Tiberio subió al trono. Todo parecía funcionar para Livia quien, en un inicio, mantenía su enorme peso político.

El declive

“¿Quién era el emperador, preguntó Tiberio, él o ella? Livia respondió que si él era el emperador, se lo debía a ella, y que era una tontería que se mostrase grosero, porque así como había encontrado los medios para elevarlo, también podía encontrarlos para hundirlo.”1

Con Tiberio como emperador, las cosas se pondrían más difíciles para Livia. Para empezar, la cuestión sucesoria había dejado tensiones no resueltas entre madre e hijo. Este último había quedado algo resentido por muchas de las maniobras que Livia había impulsado para asegurar su lugar como sucesor. Una de ellas, por ejemplo, fue apoyar su matrimonio con Julia, la hija de Augusto, lo que implicó separarlo de una mujer que amaba. 

Ya como jefe de Estado, las fricciones crecerían porque a Tiberio no le agradaba tanto compartir el poder con su progenitora. Por otro lado, la sensación de que estaba donde estaba gracias a ella, lo incomodaba mucho. Para Tiberio no dejaba de resultar un dilema complicado, porque más allá de los problemas que tenía con Livia, también necesitaba de sus consejos y apoyo para gobernar el imperio. Era un vínculo complejo en el que ambos se necesitaban mutuamente, pese a todas las diferencias y heridas que había en el medio.

Pero con el paso del tiempo la enemistad terminó pesando más y el emperador comenzó a apartar a su madre de manera sistemática, marginándola de las decisiones políticas y reduciendo su acceso a la información valiosa. También trabajó para frenar su figura pública, negándole los honores que el Senado quería realizarle. Así, sumado a su avanzada edad, Livia fue perdiendo peso político. Si bien seguía siendo un factor relevante, cada vez estaba más lejos del poder que había tenido en épocas pasadas.

(Foto 2: Livia y Tiberio)

Lo que sí se mantuvo intacto de la época de Augusto, fueron las acusaciones de operar para borrar posibles competidores. El caso más sonado fue el de Germánico, nieto de Livia, que representaba una amenaza debido a su enorme popularidad. Cuando murió de forma inesperada en el año 19 d.C., los romanos acusaron al emperador y a su madre de haberlo asesinado. Sea esta acusación verdadera o no, lo cierto es que la muerte de Germánico afectó mucho la reputación de Tiberio y Livia, quienes comenzaron a generar desconfianza entre la opinión pública. Más aún, cuando la matriarca intervino para absolver a una de las sospechosas del presunto asesinato.

Durante los últimos años, Livia siguió declinando. No sólo por su cada vez más delicada salud, sino también por la creciente distancia con su hijo. Ese poder que iba perdiendo, era tomado principalmente por Sejano, un poderoso guardia pretoriano que se fue ganando la confianza del emperador.

Livia murió en el año 29 d.C. a los 86 años. Sus restos fueron despedidos en una ceremonia modesta en la cual, de forma curiosa, Tiberio se ausentó.

El legado

Décadas después de su muerte, su nieto, el emperador Claudio, la deificó oficialmente y la elevó al panteón romano como divinidad protectora del Estado. De esa forma, las mujeres romanas la invocarían durante siglos. 

Así terminaría la historia de una persona tan interesante como controversial. Una mujer que tuvo muchas facetas y que sigue resonando a pesar de los milenios que pasaron. Los historiadores clásicos la presentaron como una villana maquiavélica y manipuladora, capaz de cualquier cosa con tal de lograr sus objetivos. Los historiadores modernos matizaron muchas de esas acusaciones, aunque no descartaron del todo otras leyendas en torno a su figura. Más allá del debate, casi nadie discute que fue una de las personas más interesantes de la antigüedad.

Esta fue la historia de Livia, la mujer que gobernó al mundo.

Notas

1: Cita de la novela “Yo, Claudio” de 1934

Fuentes

Matthew Dennison (2010): “Livia, Empress of Rome: A Biography
Indro Montanelli (1957): “Historia de Roma
Nicholas Purcell (1986): “Livia and the womanhood of Rome
Ronald Syme (1939): “The Roman Revolution
Cornelio Tácito (s.f.): “Anales

Juan Cruz Tonelli es autor y columnista de Diario Confluencia, donde desarrolla "Personas detrás de la Historia", un espacio dedicado a explorar personajes, acontecimientos y procesos históricos que ayudan a comprender el presente. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Torcuato Di Tella. Fue asistente del consultor de alta dirección Alberto Lederman y desarrolló experiencia profesional en redes sociales e inteligencia artificial. Actualmente cursa una Maestría en Periodismo en la Escuela de Unidad Editorial, en Madrid. En Diario Confluencia aporta una mirada histórica y narrativa, recuperando episodios y protagonistas del pasado para analizar las historias que nos trajeron hasta la actualidad.
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