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La increíble colección de The Beatles que llegó a San Isidro: el reloj de John Lennon, una guitarra de McCartney y un submarino amarillo

Una guitarra firmada por Paul McCartney, el reloj que John Lennon tenía en su mesa de luz, discos de oro, juguetes, revistas, entradas de conciertos, obras de artistas argentinos y hasta un submarino amarillo de Swarovski. La histórica colección de Raúl Blisniuk desembarca en el Museo Lucy Mattos y convierte a San Isidro en una escala obligada para los fanáticos de The Beatles.

Los Beatles se fueron hace mucho. La obsesión por ellos, evidentemente, no.

Y para comprobarlo alcanza con entrar al Museo Lucy Mattos, en Beccar, donde una selección de la histórica colección privada de Raúl Blisniuk reúne algunos de los objetos más extraordinarios vinculados con el cuarteto de Liverpool.

Discos de oro y platino, instrumentos, firmas, entradas, juguetes, merchandising y hasta un reloj despertador que estuvo en la intimidad de John Lennon.

Pero hay algo todavía más llamativo: detrás de semejante colección está la historia de un hombre que nunca conoció personalmente a The Beatles y que, sin embargo, dedicó buena parte de su vida a acercarse a ellos a través de los objetos.

Blisniuk encontró su respuesta coleccionando.

En el Museo Lucy Mattos, la exposición “The Beatles Colección + Arte Blisniuk” propone recorrer el universo Beatle a través de piezas que, vistas por separado, podrían parecer apenas memorabilia.

Juntas cuentan otra historia: la de una pasión que comenzó como fascinación y terminó convirtiéndose en una de las colecciones más importantes dedicadas a The Beatles en Sudamérica.

La muestra tiene curaduría de Julio Sapollnik y reúne piezas originales de The Beatles, y obras realizadas por el propio Blisniuk. Tambien trabajos de destacados artistas argentinos.

Entre ellos aparecen Nicolás García Uriburu, Rogelio Polesello, Pérez Celis, Vito Campanella, Clorindo Testa, Hernán Dompé y la propia Lucy Mattos.

Y ahí la exposición deja de ser simplemente una colección de objetos. Se convierte en un viaje en el tiempo.

Los objetos que sobrevivieron a la Beatlemanía

La primera impresión es contundente: hay de todo.

Discos de oro y de platino. Versiones originales de álbumes que circularon por distintos países. Guitarras. El bajo Höfner asociado a Paul McCartney, con su firma. Una guitarra española firmada por John Lennon. Fotografías. Cheques. Billetes. Tickets de conciertos que hoy parecen pequeñas reliquias de un mundo anterior al código QR.

Después aparecen los juguetes, los muñecos, las revistas y las piezas de merchandising que alguna vez fueron productos de consumo y que el paso del tiempo transformó en objetos históricos.

Es la Beatlemanía convertida en materia.

“Esa es la idea de la memorabilia: darte ese momento”, explica Sapollnik durante el recorrido.

Y quizás ahí esté una de las claves de toda la exposición. Porque una memorabilia no conserva solamente un objeto. Conserva la posibilidad de volver a estar allí.

Una entrada de un estadio ya no sirve para entrar a ningún concierto. Un ticket no permite atravesar ninguna puerta. Un juguete ya no es solamente un juguete.

Pero todos pueden funcionar como una prueba de que algo ocurrió.

Por eso los discos de oro adquieren una dimensión especial.

Los originales conviven con la historia de sus propias falsificaciones. En determinados períodos y países donde la música occidental estaba prohibida o restringida, los jóvenes encontraban maneras clandestinas de reproducirla.

Hubo discos copiados incluso sobre placas radiográficas. La necesidad de escuchar encontraba sus propios caminos.

La colección conserva también esa historia lateral de la música: no solamente lo que produjeron los Beatles, sino todo aquello que el mundo produjo alrededor de ellos.

Porque cuando una banda alcanza semejante dimensión cultural, deja de fabricar únicamente canciones.

Empieza a fabricar objetos. Y los objetos empiezan a fabricar recuerdos.

La historia detrás de la colección

Pero detrás de cada pieza hay una historia.

Y detrás de la historia de esta colección hay otra todavía más extraordinaria.

En 1996, mientras Julio Sapollnik dirigía el Palais de Glace y trabajaba en una exposición sobre Bob Marley, alguien se acercó para pedirle una entrevista.

Sapollnik no conocía a Blisniuk. La respuesta fue, cuanto menos, inesperada:

“Esto es una porquería. No sabés lo que tengo yo”.

La semana siguiente, Blisniuk apareció con parte de su colección.

Sapollnik abrió cajas y empezaron a aparecer discos de oro y platino, instrumentos, fotografías, objetos originales y piezas que parecían pertenecer a otra dimensión del universo Beatle.

Lo que había comenzado como una frase casi insolente terminó convirtiéndose en una exposición que llevó a más de 70.000 personas al Palais de Glace en apenas treinta días y que después recorrió distintas ciudades del país.

Casi treinta años más tarde, aquella colección vuelve a ponerse en escena. Pero ya no como una rareza.

Como el archivo construido a lo largo de una vida.

Raúl Blisniuk nunca conoció personalmente a The Beatles.

No estuvo frente a John Lennon. No compartió una conversación con Paul McCartney. No recibió una guitarra directamente de manos de George Harrison ni una baqueta de Ringo Starr.

Llegó a ellos de otra manera. A través de los objetos.

A través de subastas internacionales, investigación, viajes, contactos y una persistencia que con el tiempo adquirió dimensiones casi obsesivas.

Pero para entender esa obsesión hay que retroceder.

Mucho.

La historia de Blisniuk comienza lejos de las vitrinas.

Tuvo un origen humilde y llegó incluso a atravesar períodos en situación de calle.

Hasta que apareció la informática. Un ingeniero le habló de las computadoras y de ese mundo que comenzaba a llamarse Internet. Blisniuk empezó a viajar, a traer chips desde Paraguay y a ensamblar computadoras.

Después llegaron los servidores, los bancos, el desarrollo tecnológico y, con ellos, una transformación radical de su situación económica.

La fortuna que construyó a partir de la informática terminó permitiéndole hacer aquello que durante años había sido imposible: buscar y comprar los objetos que pertenecían al universo que admiraba.

El coleccionista apareció entonces con toda su fuerza.

El hombre que alguna vez no tenía un lugar donde dormir terminó recorriendo subastas internacionales detrás de una guitarra de Lennon, un disco de oro, una fotografía, un reloj o una pieza de merchandising que para cualquier otra persona podía ser simplemente un objeto viejo.

Para él, no. Era una puerta.

El reloj de John Lennon que terminó en una vitrina de San Isidro

Quizás uno de los objetos más conmovedores de toda la exposición sea el reloj despertador que perteneció a John Lennon y que Blisniuk consiguió en una subasta.

El reloj estaba en la mesa de luz de Lennon.

No marca la hora de su muerte. No es un objeto detenido mágicamente en aquel instante.

Y, sin embargo, resulta imposible no sentir frente a él una especie de vértigo.

Porque alguien que nunca conoció a Lennon consiguió un objeto que estuvo cerca de él en uno de los espacios más íntimos de su vida.

Es casi como apropiarse de un pequeño fragmento del tiempo.

Como si el coleccionismo pudiera hacer algo que la historia normalmente no permite: acercar el pasado al presente hasta volverlo tangible.

Blisniuk parece haber construido su colección alrededor de esa posibilidad. Encontrar aquello que sobrevivió.

Conservarlo. Y volver a ponerlo frente a los ojos de quienes quizá nunca pudieron verlo.

La muestra también recupera episodios de la historia de The Beatles que hoy parecen increíbles: sus primeros conciertos en estadios, cuando los equipos de sonido todavía no estaban preparados para semejante cantidad de público; los gritos de las fans que impedían que los músicos se escucharan; las declaraciones que provocaron polémicas religiosas; y las dificultades de seguridad que llegaron al extremo de trasladarlos en camiones blindados.

Pero entre todas esas historias aparece una especialmente llamativa para cualquier argentino.

John Lennon, Racing y Maradona: una historia Beatle con sello argentino

Se cuenta que, cuando le preguntaron a John Lennon por el fútbol y por la rivalidad entre Celtic y Racing, respondió:

“Soy de Racing”.

La frase quedó convertida en una pequeña leyenda de la cultura popular.

Y para Raúl Blisniuk merecía también un lugar dentro de su archivo.

Por eso, entre las piezas de la colección, aparece una camiseta de Racing firmada por Diego Maradona: dos íconos argentinos reunidos para volver a contar aquella historia.

El vínculo se completa con otro dato que parece salido de una canción: en 1967, Racing venció al Celtic en la final de la Copa Intercontinental, con el recordado gol de Juan Carlos “Chango” Cárdenas.

Una camiseta. Una firma. Un partido. Una frase atribuida a Lennon. Y de pronto, una colección internacional encuentra una inesperada puerta de entrada en Avellaneda.

Cada objeto funciona así como un disparador. La colección no solamente muestra.

Cuenta.

Y en esa acumulación aparece una idea muy contemporánea: el archivo ya no como depósito muerto, sino como una forma de narrar.

Cuando los Beatles se encuentran con el arte argentino

Hay un momento en que la exposición cambia.

Los objetos originales de The Beatles siguen allí, pero el universo comienza a abrirse.

Blisniuk no se conformó con coleccionar lo que ya existía.

Y allí aparece una decisión que terminaría ampliando radicalmente el sentido de la colección.

Fue Sapollnik quien propuso incorporar artistas argentinos y pedirles que interpretaran, desde sus propios lenguajes, qué significaban los Beatles.

Nicolás García Uriburu, Rogelio Polesello, Pérez Celis, Vito Campanella, Clorindo Testa, Hernán Dompé y otros artistas entraron así en diálogo con ese universo.

La pregunta era sencilla, pero potente: ¿Qué puede hacer un artista con los Beatles?

No ilustrarlos. No repetirlos. Tomarlos como punto de partida para producir otra imagen, otra lectura, otra obra.

El resultado es un diálogo improbable entre música, cultura popular y arte argentino.

Una demostración de que la Beatlemanía podía ser mucho más que una colección de objetos. También podía convertirse en un paisaje de creación.

El propio Blisniuk interviene objetos, tapas, instrumentos y materiales.

Su relación con el arte está profundamente vinculada con su manera de coleccionar: mirar aquello que otros pueden considerar ordinario y descubrir allí una posibilidad.

El objeto encontrado puede convertirse en recuerdo. El material descartado puede adquirir otra vida. Una imagen puede transformarse en otra imagen.

Y un personaje puede convertirse en lenguaje.

Ahí aparece también RAVIK, el universo visual creado por Blisniuk a partir de un personaje que nació originalmente como un dibujo para su hija y que con el tiempo comenzó a multiplicarse hasta convertirse en una identidad propia.

En la exposición, RAVIK cruza Abbey Road, dialoga con Van Gogh, Picasso y otras referencias del arte moderno y popular.

Los Beatles vuelven a ser, una vez más, un punto de partida. No un punto de llegada.

El submarino amarillo que ahora navega en la piscina de Lucy Mattos

La historia ya había ocurrido una vez. Hace años,ya habían trabajado juntos en el Palais de Glace.

Pero esta nueva edición tiene algo que entonces no estaba. Lucy Mattos.

Y, más precisamente: un submarino amarillo flotando en la piscina del museo.

La obra, realizada especialmente para esta exposición, funciona casi como una aparición.

El submarino que alguna vez fue una imagen, una canción, una película y uno de los grandes íconos de la cultura Beatle ahora navega literalmente en el espacio del Museo Lucy Mattos.

La artista lo convierte en instalación.

Y el museo, por unos días, parece transformarse en otro lugar.

Lucy incluso bromea con que debería vestir su escultura emblema de flower power para recibir la muestra. Una vincha de flores. Una estética hippie.

Como si el propio museo tuviera que entrar en personaje para recibir a sus visitantes de Liverpool. La operación tiene algo de juego y algo de homenaje.

Porque Lucy no intenta reproducir el universo Beatle.

Lo incorpora a su propio lenguaje.

El agua se convierte en escenario.

El submarino, en objeto flotante.

Y el museo, en una suerte de espacio intermedio entre la memoria y la imaginación.

Tal vez por eso el nombre elegido resulta perfecto: Lucy in the sky.

Aunque en este caso Lucy no está solamente en el cielo. Está en el agua.

Una colección que también es una máquina del tiempo

Hay algo profundamente contemporáneo en esta exposición, aunque esté construida alrededor de objetos de hace más de medio siglo.

Vivimos rodeados de imágenes que duran segundos. Tickets que desaparecen detrás de una pantalla. Fotografías que se almacenan en servidores, como en los que ensamblaba Blisniuk. Canciones que ya no necesitan un soporte físico.

En ese contexto, mirar un ticket original de un concierto de The Beatles adquiere una fuerza inesperada.

Porque todavía puede tocarse.

Todavía puede conservar una marca.

Todavía puede demostrar que algo ocurrió.

Eso es lo que hace el archivo de Blisniuk.

Le devuelve cuerpo al pasado.

Tal vez la razón por la que una pieza aparentemente tan pequeña como el reloj de Lennon termine siendo una de las imágenes más poderosas de toda la muestra.

El coleccionista nunca pudo conocer a los Beatles. Pero encontró una manera de acercarse a ellos que no dependía de haberlos tenido delante.

Fue construyendo, objeto tras objeto, una máquina imposible.

Una máquina capaz de poner en diálogo un disco de los años sesenta con una obra contemporánea.

Una fotografía con un juguete.

Un artista argentino con John Lennon.

Una piscina en 2026 con un submarino amarillo.

Y a una generación que vivió la Beatlemanía con otra que quizá conoce a The Beatles solamente a través de Spotify.

Pasado, presente y futuro quedan alineados en una misma sala.

Quizás eso sea, finalmente, coleccionar. No poseer el pasado, sino impedir que desaparezca. Hacer que una generación pueda descubrir lo que otra todavía recuerda.

Que alguien que nunca escuchó un disco de The Beatles pueda detenerse frente a una guitarra, un boleto, un reloj o una fotografía y entender que alguna vez todo aquello significó algo para millones de personas.

Sapollnik lo resume con una sencillez difícil de discutir: “Eran unos genios”. Y después agrega algo todavía más definitivo: “Si es buena, no la vamos a olvidar. Y parece que no”.

Tal vez por eso esta exposición no habla solamente de The Beatles.

Habla también de nuestra necesidad de conservar aquello que nos cambió.

De convertir la admiración en archivo, el archivo en relato y el relato en recuerdo sostenido.

Y quizás ese sea el verdadero secreto de esta colección.

Los Beatles terminaron hace décadas. Pero mientras alguien conserve sus objetos, cuente sus historias y vuelva a poner su música en circulación, el fenómeno no termina.

Y en San Isidro, además, ahora hay una piscina con un submarino amarillo para recordarlo.

THE BEATLES EN EL MUSEO LUCY MATTOS

“The Beatles Colección + Arte Blisniuk” reúne una selección de la histórica colección privada de Raúl Blisniuk, reconocida por Guinness World Records en 1998 como la mayor colección de objetos de The Beatles de Sudamérica.

La exposición cuenta con curaduría de Julio Sapollnik y reúne piezas originales de The Beatles, memorabilia, instrumentos, discos, publicaciones, juguetes y objetos históricos, además de obras de Blisniuk y trabajos especialmente realizados por artistas argentinos como Nicolás García Uriburu, Rogelio Polesello, Pérez Celis, Vito Campanella, Clorindo Testa y Hernán Dompé.

La exposición incorpora además Submarino Amarillo, de Lucy Mattos, una instalación realizada especialmente para la muestra que lleva el universo Beatle a la piscina del museo.

Museo Lucy Mattos

Av. del Libertador 17426, Beccar, San Isidro.

Desde el 9 de septiembre de 2026Miércoles a sábados, de 11 a 19 h.

Redactor | Enviado especial | Lic. en Turismo y Gestión Hotelera (USAL) – 2004 Gastón Fournier es gestor cultural, curador y cronista especializado en nuevas tendencias. Su trabajo cruza arte, cultura, turismo, hospitalidad y branding con una mirada sobre ferias y eventos como espacios donde se revelan los cambios de una sociedad: nuevas industrias, nuevas experiencias, nuevas formas de vincularnos y nuevos escenarios para el futuro. Su práctica parte de una convicción: toda experiencia -ya sea una exposición, un hotel, un destino o una publicación- puede convertirse en un espacio de encuentro cuando existe una narrativa capaz de darle sentido.
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