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Después de los 40 no empiezas de cero: empiezas con experiencia

Cambiar de rumbo después de los 40 no significa empezar desde cero. Marco Aurelio Delgado, creador de Aprendeblog, propone una mirada sobre la experiencia, los aprendizajes y el autoconocimiento como herramientas para construir nuevas etapas personales y profesionales.

(FOTO: Marco Aurelio Delgado. Fundador de Aprendeblog — La comunidad del conocimiento, un proyecto editorial independiente en español que reúne contenidos, autores, herramientas y proyectos relacionados con el desarrollo personal, el bienestar, el aprendizaje y el desarrollo profesional).

Durante mucho tiempo hemos asociado la idea de empezar de nuevo con volver al punto de partida.

Cambiar de profesión. Emprender un proyecto. Estudiar algo completamente diferente. Mudarse de ciudad o de país. Terminar una relación. Recuperar una pasión que habíamos dejado atrás.

Cuando estas decisiones aparecen a los 20 o 30 años, solemos llamarlas oportunidades. Después de los 40, en cambio, es frecuente que aparezcan otras palabras: crisis, riesgo, incertidumbre o incluso fracaso.

Pero quizá estamos mirando el problema desde el lugar equivocado.

Después de los 40 no empezamos de cero. Empezamos desde un lugar que antes no teníamos: la experiencia.

La trampa de pensar que tenemos que empezar de cero

Una de las principales dificultades cuando queremos cambiar de rumbo después de cierta edad es que tendemos a imaginar el futuro como si tuviéramos que construirlo desde el principio.

“Si cambio de profesión, tendré que empezar desde abajo”.

“Si estudio algo nuevo, seré el mayor de la clase”.

“Si emprendo ahora, competiré con personas que llevan años haciéndolo”.

“Si dejo aquello que he construido, habré perdido todo el tiempo invertido”.

Es comprensible pensar así. Durante años hemos aprendido a valorar las trayectorias lineales: estudiar, conseguir un trabajo, progresar, asumir más responsabilidades y construir una determinada identidad profesional.

Pero la vida rara vez sigue una línea recta.

Lo que hemos aprendido en una etapa puede convertirse en la base de la siguiente, aunque aparentemente no tenga relación con ella.

Una persona que ha trabajado durante veinte años atendiendo clientes no empieza desde cero cuando decide dedicarse a otra actividad: conoce a las personas, sabe escuchar, resolver problemas, gestionar conflictos y comunicarse.

Alguien que ha dirigido equipos durante años tampoco parte de cero cuando cambia de sector: ha desarrollado capacidades para tomar decisiones, asumir responsabilidades, negociar y acompañar a otras personas.

La experiencia no siempre nos proporciona las respuestas, pero sí nos permite formular mejores preguntas.

Y eso tiene un enorme valor cuando decidimos cambiar.

La experiencia también puede convertirse en una barrera

Sin embargo, hay una paradoja.

Aquello que más puede ayudarnos a reinventarnos también puede dificultar el cambio.

Después de muchos años haciendo algo, construimos una identidad alrededor de ello.

“Soy abogado”.

“Soy comercial”.

“Soy profesor”.

“Soy empresario”.

“Trabajo en esta empresa desde hace veinte años”.

Con el tiempo, la profesión deja de ser solamente algo que hacemos y pasa a formar parte de la respuesta a una pregunta mucho más profunda: ¿quién soy?

Por eso algunos cambios generan tanto miedo.

No siempre tenemos miedo únicamente a perder un trabajo o unos ingresos. A veces tenemos miedo a perder la imagen que hemos construido de nosotros mismos.

Y cuando nuestra identidad está demasiado vinculada a aquello que hacemos, cualquier cambio profesional puede sentirse como una pérdida personal.

Reinventarse implica entonces algo más que aprender nuevas competencias. Implica también preguntarnos quién queremos ser en esta nueva etapa.

Aprender de nuevo no significa volver a ser principiantes

Otro de los grandes obstáculos aparece cuando tenemos que aprender algo nuevo.

Después de los 40 podemos sentir cierta incomodidad al volver a ocupar el lugar del principiante.

Estamos acostumbrados a saber. A resolver. A que otras personas reconozcan nuestra experiencia.

Y de repente aparece una situación en la que no sabemos.

Tenemos que preguntar.

Tenemos que equivocarnos.

Tenemos que empezar otra vez.

Pero existe una diferencia fundamental entre ser principiante y ser inexperto.

Podemos no saber cómo funciona una determinada herramienta, un sector o una profesión y, al mismo tiempo, poseer décadas de experiencia en otras áreas.

Seguimos teniendo capacidad de análisis, criterio, conocimientos, habilidades sociales, capacidad de adaptación y una comprensión mucho mayor de nuestras fortalezas y limitaciones.

Aprender algo nuevo no borra lo aprendido anteriormente.

Lo amplía.

Por eso el aprendizaje continuo adquiere todavía más importancia a medida que avanzamos en la vida profesional. No se trata de saberlo todo, sino de conservar la capacidad de seguir aprendiendo.

Reinventarse no significa convertirse en otra persona

Quizá hemos entendido mal el concepto de reinvención.

A menudo parece que reinventarse significa abandonar nuestra vida anterior y convertirnos en alguien completamente diferente.

Pero una reinvención saludable puede ser justo lo contrario.

Puede consistir en integrar todo lo que hemos sido para construir algo que tenga más sentido con quienes somos ahora.

La persona que éramos a los 25 años probablemente tenía unas prioridades.

A los 35 quizá tenía otras.

Y a los 45 o 50 puede descubrir que algunas cosas que antes consideraba imprescindibles ya no lo son.

También puede descubrir nuevas inquietudes.

Tal vez quiera trabajar de otra manera. Tener más autonomía. Recuperar tiempo. Aprender algo que siempre le interesó. Emprender. Cambiar de sector. Cuidar más su salud. Dar más espacio a su familia. O simplemente dejar de perseguir determinados objetivos porque ya no representan lo que quiere.

Eso también es evolución.

No siempre necesitamos una transformación radical.

A veces necesitamos hacer pequeños ajustes que nos permitan acercarnos progresivamente a una vida más coherente con la persona en la que nos hemos convertido.

La experiencia nos permite elegir mejor

Hay otra ventaja de cambiar después de los 40 que no siempre valoramos suficientemente.

Con los años aprendemos también qué no queremos.

Sabemos qué ambientes nos hacen bien y cuáles no.

Qué tipo de personas queremos cerca.

Qué trabajos nos motivan y cuáles nos desgastan.

Qué estamos dispuestos a aceptar y qué límites ya no queremos cruzar.

Aprendemos de nuestros errores.

De nuestros aciertos.

De las decisiones que tomamos y también de las que no nos atrevimos a tomar.

Todo ese conocimiento no aparece en un currículum, pero forma parte de nuestro capital personal.

Por eso empezar una nueva etapa después de los 40 puede ofrecer algo que no teníamos veinte años antes: una mayor conciencia de quiénes somos y de qué queremos construir.

No significa que tengamos todas las respuestas.

Significa que quizá sabemos mejor qué preguntas merece la pena hacernos.

No es necesario tener todo decidido

Existe además una presión por encontrar rápidamente “el nuevo camino”.

Como si después de tomar la decisión de cambiar tuviéramos que saber inmediatamente hacia dónde dirigirnos.

Pero no siempre funciona así.

A veces el camino aparece mientras avanzamos.

Podemos probar.

Hacer un curso.

Hablar con alguien que trabaja en otro sector.

Desarrollar un pequeño proyecto.

Recuperar una antigua afición.

Colaborar con otras personas.

Dedicar unas horas a la semana a explorar una posibilidad.

No todo tiene que convertirse inmediatamente en una decisión definitiva.

Los pequeños experimentos pueden ser una forma inteligente de explorar nuestro futuro sin tener que poner toda nuestra vida en juego de una sola vez.

Y quizá esta sea una de las grandes ventajas de tener experiencia: sabemos que no todas las decisiones tienen que ser permanentes.

Una nueva etapa no tiene por qué borrar la anterior

Cuando pensamos en reinventarnos después de los 40, quizá la pregunta no debería ser:

“¿Qué puedo empezar de nuevo?”

Podría ser:

“¿Qué puedo hacer ahora con todo lo que ya he aprendido?”

La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la perspectiva.

No partimos de una hoja en blanco.

Partimos de años de conocimientos, relaciones, errores, aprendizajes, experiencias y momentos que nos han convertido en quienes somos.

Incluso aquello que aparentemente no salió bien puede haber dejado algo valioso.

Una profesión que abandonamos puede habernos enseñado habilidades que utilizaremos después.

Un fracaso puede habernos mostrado nuestros límites.

Una etapa difícil puede haber cambiado nuestras prioridades.

Una decisión equivocada puede habernos ayudado a conocernos mejor.

Nada de esto garantiza que el próximo capítulo vaya a ser fácil.

Cambiar después de los 40 puede dar miedo. Puede implicar incertidumbre y, en ocasiones, pérdidas importantes.

Pero quizá no deberíamos medir una nueva etapa únicamente por aquello que dejamos atrás.

También deberíamos preguntarnos qué llevamos con nosotros.

Porque después de los 40 todavía podemos aprender, cambiar, crear, estudiar, emprender, equivocarnos, descubrir nuevas pasiones y construir proyectos diferentes.

La experiencia no nos garantiza el éxito.

Pero nos proporciona algo que no teníamos cuando empezamos:

la posibilidad de avanzar sin olvidar todo lo que ya hemos aprendido.

Y quizá reinventarse no consiste en volver a empezar.

Quizá consista, simplemente, en seguir construyendo desde un lugar nuevo, pero con todo lo que la vida ya nos enseñó.

AUTOR: Marco Aurelio Delgado
Creador de Aprendeblog «La comunidad del conocimiento«, un proyecto editorial independiente en español que reúne contenidos, autores, herramientas y proyectos relacionados con el desarrollo personal, el bienestar, el aprendizaje y el desarrollo profesional.

Web: https://aprendeblog.com/

Instagram: https://www.instagram.com/la.comunidad.del.conocimiento/

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