Cuando pienso en mi segundo encuentro con la ayahuasca, siento que no fue solo una ceremonia, sino un verdadero viaje hacia lo desconocido, hacia partes de mí mismo que había dejado dormidas. Esta vez, llegué más consciente, después de varias lecturas, conversaciones con chamanes y la reflexión sobre mi primer encuentro. Sabía que la planta no solo despierta sensaciones, sino que exige respeto, atención y entrega sincera.
La ceremonia tuvo lugar en una pequeña maloca en la selva amazónica, rodeada de árboles altos y ríos que parecían susurrar con el viento. Era una noche de luna creciente, y el cielo estaba despejado, mostrando un manto de estrellas que parecía extenderse infinitamente. La comunidad me recibió con cantos y tambores, y el chamán preparó el espacio con plantas sagradas, fuego y aromas de palo santo. Sentí que ese lugar estaba cargado de siglos de conocimiento y respeto por la naturaleza, un refugio donde cada detalle tenía un propósito espiritual.
La noche comenzó con el aroma del palo santo llenando la sala, el murmullo de cantos ancestrales y el suave repiqueteo del tambor que parecía marcar cada latido de mi corazón. Me senté, cerré los ojos y esperé. La bebida amarga se deslizó por mi garganta, y sentí cómo un calor extraño recorría mi cuerpo. Poco a poco, las primeras imágenes llegaron: luces que se entrelazaban con recuerdos de mi infancia, rostros que había olvidado, emociones que creía superadas.
Pero lo más intenso no fueron las visiones, sino la sensación de conexión profunda. Sentí que cada lágrima que brotaba liberaba un peso invisible que llevaba años cargando. Escuchaba los consejos del chamán, pero al mismo tiempo comprendía que el verdadero guía estaba dentro de mí. La ayahuasca no me hablaba, me hacía escucharme a mí mismo.
Durante el pico de la ceremonia, tuve una visión que aún recuerdo con claridad: estaba en un río de luces y sonidos que se movían al ritmo de mis pensamientos. Allí, los miedos, culpas y resentimientos que había acumulado se materializaron ante mí como figuras que me miraban, exigiendo ser reconocidas. Sentí miedo, vergüenza y dolor, pero la planta me enseñó a no huir ni luchar contra ellos, sino a abrazarlos, aceptarlos y dejarlos fluir. Uno a uno, esos pesos internos comenzaron a disolverse, como hojas arrastradas por la corriente del río de luz. Al final de la visión, lo que antes me oprimía se transformó en una sensación de alivio y claridad, y comprendí que no debía cargar con esas emociones para siempre: había aprendido a dejarlas ir sin olvidar la lección que traían.
Al despertar, el mundo parecía diferente. No era que todo hubiera cambiado fuera, sino que yo había aprendido a ver con nuevos ojos. La misma calle, los mismos árboles, pero yo estaba más atento a la vida, más consciente de la fragilidad y la belleza de todo.
Y aunque la ayahuasca ofrece visiones y emociones intensas, lo que más valoro es la enseñanza práctica: cómo integrar esos aprendizajes en mi día a día. La paciencia, la escucha activa, la gratitud, la conexión con la naturaleza y con las personas que amo. Cada ceremonia me recuerda que la verdadera medicina no está solo en la planta, sino en el respeto, la intención y la apertura del corazón.
Este segundo viaje me enseñó que la ayahuasca no es un espectáculo, sino un espejo: devuelve lo que llevamos dentro y nos invita a enfrentarlo con coraje y amor. Y mientras sigo caminando este sendero, sé que cada experiencia, cada ceremonia, es un paso más hacia mi mejor versión.
“Conocerte a ti mismo es el principio de toda sabiduría.” – Sócrates
Claudio Blanco.
