Home De Autor Capítulo 1: «La primera copa: cuando la ayahuasca llama», por Claudio Blanco

Capítulo 1: «La primera copa: cuando la ayahuasca llama», por Claudio Blanco

El término “ayahuasca” deriva de las palabras quechuas (familia de idiomas originarios de los Andes centrales que se extiende por la zona occidental de América del Sur) “aya”, que quiere decir muerto, y “huasca”, que quiere decir soga o liana. Esto se traduce como la soga de los muertos o la liana de los muertos, y es considerada una bebida utilizada por los iniciados para comunicarse con el mundo de los espíritus.

Hace quince años, mi vida dio un giro que nunca imaginé. Tenía 40 años, una rutina que se sentía cómoda pero vacía, y una sensación constante de que algo me faltaba. Fue entonces cuando escuché hablar por primera vez de la ayahuasca. No era un tema de moda ni un plan turístico; se hablaba de ella como una medicina ancestral, capaz de mostrarte partes de ti mismo que normalmente permanecen ocultas. La idea, en principio, me asustaba y, al mismo tiempo, me fascinaba.

Recuerdo que cuando decidí acercarme a un retiro sentí una mezcla de curiosidad y miedo. No sabía qué esperar, ni cómo me sentiría. Todo era nuevo: el lugar, la gente, los rituales. Pero había algo dentro de mí que me decía que era momento de mirar hacia adentro y enfrentar lo que hasta entonces había evitado: mis miedos, mis heridas y mis dudas sobre quién era y qué quería de la vida.

El día de la ceremonia, el ambiente estaba lleno de respeto y silencio. Los guías explicaban cada detalle con paciencia, y yo me sentía cada vez más consciente de que esto no era un juego. Tomé la copa con reverencia, consciente de que estaba a punto de embarcarme en un viaje íntimo y personal, uno que nadie podía experimentar por mí.

Al principio, los efectos se sintieron como un mareo suave, un cosquilleo que recorría mi cuerpo y me conectaba con sensaciones olvidadas. No hubo fuegos artificiales ni visiones espectaculares de inmediato, solo un primer contacto con mi propia sensibilidad, como si la medicina me susurrara: “Prepárate, esto recién comienza”.

A medida que la ceremonia avanzaba, empecé a recordar momentos de mi infancia, emociones guardadas y decisiones que habían marcado mi vida. Fue doloroso en ocasiones, pero también liberador. La ayahuasca no me dio respuestas mágicas; me mostró lo que ya estaba dentro de mí y me invitó a aceptarlo y aprender de ello.

Lo más sorprendente fue cómo, después de varias horas, sentí una claridad emocional que no había experimentado antes. Podía mirar mi vida con otra perspectiva, comprender patrones repetitivos y reconocer la necesidad de hacer cambios. No fue un instante de felicidad constante, sino un proceso profundo de autoconocimiento y aceptación.

Esa primera experiencia me enseñó algo que sigo llevando conmigo: la ayahuasca no cura por sí sola. Es un espejo, un acompañante que muestra lo que necesitamos ver, pero depende de nosotros qué hacemos con esas imágenes y sensaciones. Es un acto de valentía sentarse frente a uno mismo y aceptar lo que aparece, sin juicio.

Hoy, quince años después, sigo participando de ceremonias y aprendiendo de cada viaje. La ayahuasca se convirtió en una herramienta, no en un destino. Me ayuda a reconectar con mi esencia, a encontrar paz y a recordar que el camino hacia el bienestar pasa por la comprensión, el respeto y la integración de lo que descubrimos dentro de nosotros.

Desde mi experiencia, recomendaría esta experiencia a quienes sientan la verdadera necesidad de mirar dentro de sí mismos, pero siempre con consciencia, respeto y preparación. No es un paseo ni una curiosidad pasajera; requiere intención, acompañamiento profesional y apertura emocional. No es para todos, y eso está bien. Quienes decidan recorrer este camino deben hacerlo desde la responsabilidad y el respeto hacia sí mismos y hacia la tradición ancestral que lo sustenta.

“Quien mira hacia afuera sueña; quien mira hacia adentro despierta.” – Carl Jung

Claudio Blanco.

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